Roberto Arlt
El discurso del astrólogo
De "Los siete locos".
1929.
[...El
Astrólogo] Dijo:
Sí, llegará un momento en que la humanidad escéptica, enloquecida por los
placeres, blasfema de impotencia, se pondrá tan furiosa que será necesario
matarla como a un perro rabioso...
¿Qué es lo que dice?...
Será la poda del árbol humano... una vendimia que sólo ellos, los millonarios,
con la ciencia a su servicio, podrán realizar. Los dioses, asqueados de la
realidad, perdida toda ilusión en la ciencia como factor de felicidad, rodeados
de esclavos tigres, provocarán cataclismos espantosos, distribuirán las pestes
fulminantes... Durante algunos decenios el trabajo de los superhombres y de
sus servidores se concretará a destruir al hombre de mil formas, hasta agotar
el mundo casi... y sólo un resto, un pequeño resto, será aislado en algún
islote, sobre el que se asentarán las bases de una nueva sociedad.
Barsut se había puesto en pie. Con el entrecejo fiero, y las manos metidas
en los bolsillos del pantalón, se encogió de hombros, preguntando:
Pero, ¿es posible que usted crea en la realidad de esos disparates?
No, no son disparates, porque yo los cometería aunque fuera para divertirme.
Y continuó:
Desdichados hay que creerán en ellos... y eso es suficiente... Pero he aquí
mi idea: esa sociedad se compondrá de dos castas, en las que habrá un intervalo...
mejor dicho una diferencia intelectual de treinta siglos. La mayoría vivirá
mantenida escrupulosamente en la más absoluta ignorancia, circundada de milagros
apócrifos, y por lo tanto mucho más interesantes que los milagros históricos,
y la minoría será la depositaria absoluta de la ciencia y del poder. De esa
forma queda garantizada la felicidad de la mayoría, pues el hombre de esta
casta tendrá relacion con un mundo divino, en el cual hoy no cree. La minoría
administrará los placeres y los milagros para el rebaño, y la edad de oro,
edad en la que los ángeles merodeaban por los caminos del crepúsculo y los
dioses se dejaron ver en los claros de luna, será un hecho.
[...]
¿Y la idea?
Aquí llegamos... Mi idea es organizar una sociedad secreta, que no tan sólo
propague mis ideas, si no que sea una escuela de futuros reyes de hombres.
Ya sé que usted me dirá que han existido numerosas sociedades secretas...
y eso es cierto... todas desaparecieron porque carecían de bases sólidas,
es decir, que se apoyaban en un sentimiento o en una irrealidad política o
religiosa, con exclusión de toda realidad inmediata. En cambio, nuestra sociedad
se basará en un principio más sólido y moderno: el industrialismo, es decir,
que la logia tendrá un elemento de fantasía, si así se quiere llamar a todo
lo que le he dicho, y otro elemento positivo: la industria, que dará como
consecuencia el oro.
El tono de su voz se hizo más bronco. Una ráfaga de ferocidad ponía cierta
desviación de astigmatismo en su mirada. Movió la greñuda cabeza a diestra
y siniestra, como si le punzara el cerebro la agudeza de una emoción extraordinaria,
apoyó las manos en los riñones y renaudando el ir y venir, repitió:
¡Ah! el oro... el oro... ¿Sabe cómo lo llamaban los antiguos germanos al
oro? El oro rojo... El oro... ¿Se da cuenta usted? No abra la boca, Satanás.
Dése cuenta, jamás, jamás ninguna sociedad secreta trató de efectuar semejante
amalgama. El dinero será la soldadura y el lastre que concederá a las idea
el peso y la violencia necesarios para arrastrar a los hombres. Nos dirigiremos
en especial a las juventudes, porque son más estúpidas y entusiastas. Les
prometeremos el imperio del mundo y del amor... Les prometeremos todo... ¿me
comprende usted?... Y les daremos uniformes vistosos, túnicas esplendentes...
capacetes con plumajes de variados colores... pedrerías... grados de iniciación
con nombres hermosos y jerarquías... Y allá en la montaña levantaremos el
templo de cartón... Eso será para imprimir una cinta... No, cuando hayamos
triunfado levantaremos el templo de las siete puertas de oro... Tendrá columnas
de mármol rosado y los caminos para llegar a él estarán enarenados con granos
de cobre. En torno construiremos jardines... y allá irá la humanidad a adorar
el dios vivo que hemos inventado.
Pero el dinero para hacer todo eso... los millones...
A medida que el Astrólogo hablaba, el entusiasmo de éste se contagiaba a Erdosain.
Se había olvidado de Barsut, aunque éste se encontraba frente a él. Sin poderlo
evitar, evocaba una tierra de posible renovación. La humanidad viviría en
perpetua fiesta de simplicidad, ramilletes de estroncio tachonarían la noche
de cascadas de estrellas rojas, un ángel de alas verdosas soslayaría la cresta
de una nube, y bajo las botánicas arcadas de los bosques se deslizarían hombres
y mujeres, envueltos en túnicas blancas, y limpio el corazón de la inmundicia
que a él lo apestaba. Cerró los ojos, y el semblante de Elsa se deslizó por
su memoria, mas no despertó ningún eco, porque la voz del Astrólogo llenaba
la cochera con esta réplica salvaje:
¿Así que le interesa de dónde sacaremos los millones? Es fácil. Organizaremos
prostíbulos. El Rufián Melancólico será el Gran Patriarca Prostibulario...
todos los miembros de la logia tendrán interés en las empresas... Explotaremos
la usura... la mujer, el niño, el obrero, los campos y los locos. En la montaña...
será en el Campo Chileno... colocaremos lavaderos de oro, la extracción de
metales se efectuará por electricidad. Erdosain ya calculó una turbina de
500 caballos. Prepararemos el ácido nítrico reduciendo el nitrógeno de la
atmósfera con el procedimiento del arco voltaico en torbellino y tendremos
hierro, cobre y aluminio mediante las fuerzas hidroeléctricas. ¿Se da cuenta?
Llevaremos engañados a los obreros, y a los que no quieran trabajar en las
minas los mataremos a latigazos. ¿No sucede esto hoy en el Gran Chaco, en
los yerbales y en las explotaciones de caucho, café y estaño? Cercaremos nuestras
posesiones de cables electrizados y compraremos con una pera de agua a todos
los polizontes y comisarios del Sur. El caso es empezar. Ya ha llegado el
Buscador de Oro. Encontró placeres en el campo chileno, vagando con una prostituta
llamada la Máscara. Hay que empezar. Para la comedia del dios elegiremos un
adolescente... Mejor será criar un niño de excepcional belleza, y se le educará
para hacer el papel de dios. Hablaremos... se hablará de él por todas partes,
pero con misterio, y la imaginación de la gente multiplicará su prestigio.
¿Se imagina usted lo que dirán los papanatas de Buenos Aires cuando se propague
la murmuración de que allá en las montañas del Chubut, en un templo inaccsesible
de oro y de mármol, habita un dios adolescente... un fantástico efebo que
hace milagros?
¡Sabe que sus disparates son interesantes!
¿Disparates? ¿No se creyó en la existencia del plesiosaurio que descubrió
un inglés borracho, el único habitante del Neuquén a quien la policía no deja
usar revólver por su espantosa puntería?... ¿No creyó la gente de Buenos Aires
en los poderes sobrenaturales de un charlatán brasileño que se comprometía
curar milagrosamente la parálisis de Orfilia Rico? Aquél sí que era un espectáculo
grotesco y sin pizca de imaginación. E innumerables badulaques lloraban a
moco tendido cuando el embrollón enarboló el brazo de la enferma, que todavía
está tullido, lo cual prueba que los hombres de ésta y de todas las generaciones
tienen absoluta necesidad de creer en algo. Con la ayuda de algún periódico,
créame, haremos milagros. Hay varios diarios que rabian por venderse o explotar
un asunto sensacional. Y nosotros les daremos a todos los sedientos de maravillas
un dios magnífico, adornado de relatos que podemos copiar de la Biblia...
Una idea se me ocurre: anunciaremos que el mocito es el Mesías pronosticado
por los judíos... Hay que pensarlo... Sacaremos fotografías del dios de la
selva... Podemos imprimir una cinta cinematográfica con el templo de cartón
en el fondo del bosque, el dios conversando con el espíritu de la Tierra.
Pero usted, ¿es un cínico o un loco?
Erdosain lo miró malhumorado a Barsut. ¿Era posible que fuera tan imbécil
e insensible a la belleza que adornaba los proyectos del Astrólogo? Y pensó:
"Esta mala bestia le envidia su magnífica locura al otro. Ésa es la verdad.
No quedará otro remedio que matarlo."
Las dos cosas, y elegiremos un término medio entre Krishnamurti y Rodolfo
Valentino, pero más místico; una criatura que tenga un rostro extraño simbolizando
el sufrimiento del mundo. ¿Se imagina usted la impresión que causará al populacho
el espectáculo del dios pálido resucitando a un muerto, el de los lavaderos
de oro con un arcángel como Gabriel custodiando las barcas de metal y prostitutas
deliciosamente ataviadas dispuestas a ser las esposas del primer desdichado
que llegue? Van a sobrar solicitudes para ir a explotar la ciudad del Rey
del Mundo y a gozar de los placeres del amor libre... De entre esa ralea elegiremos
los más incultos... y allá abajo les doblaremos bien el espinazo a palos,
haciéndolos trabajar veinte horas en los lavaderos.
[...]
Un hombre extraño
A
las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y Avenida de Mayo. Sabía que su
problema no tenía otra solución que la cárcel, porque Barsut seguramente no
le facilitaría el dinero. De pronto se sorprendió.
En la mesa de un café estaba el farmacéutico Ergueta.
Con el sombrero hundido hasta las orejas y las manos tocándose por los pulgares
sobre el grueso vientre, cabeceaba con una expresión agria, abotagada, en
su cara amarilla.
Lo vidrioso de sus ojos saltones, su gruesa nariz ganchuda, las mejillas fláccidas
y el labio inferior casi colgando, le daban la apariencia de un cretino.
Enfundaba su macizo cuerpazo en un traje de color de canela y, a momentos,
inclinado el rostro, apoyaba los dientes en el puño de marfil de su bastón.
Por ese desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía el aspecto
de un tratante de blancas. Inesperadamente sus ojos se encontraron con los
de Erdosain, que iba a su encuentro, y el semblante del farmacéutico se iluminó
con una sonrisa pueril. Aún sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain,
que pensó:
¡Cuántas lo han querido por esa sonrisa!
Involuntariamente, la primera pregunta de Erdosain fue:
Y, ¿te casaste con Hipólita?
Sí, pero no te imaginás el bochinche que se armó en casa...
¿Qué..., supieron que era de la vida?
No... eso lo dijo ella después. ¿Vos sabés que Hipólita antes de hacer la
calle trabajó de sirvienta?...
¿Y?
Poco después que no casamos, fuimos mamá, yo, Hipólita y mi hermanita a
lo de una familia. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa gente? Después de
diez años reconocieron a Hipólita que fue sirvienta de ellos. ¡Algo que no
tiene nombre! Yo y ella nos vinimos por un camino y mamá y Juana por otro.
Toda la historia que yo inventé para justificar mi casamiento se vino abajo.
¿Y por qué confesó que fue prostituta?
Un momento de rabia. Pero, ¿no tenía razón? ¿No se había regenerado? ¿No
me aguantaba a mí, a mí, que les he sacado canas verdes a ellos?
¿Y cómo te va?
Muy bien... La farmacia da sesenta pesos diarios. En Pico no hay otro que
conozca la Biblia como yo. Lo desafié al cura a una controversia y no quiso
agarrar viaje.
Erdosain miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo. Luego le preguntó:
¿Jugás siempre?
Sí, y Jesús, por mi mucha inocencia, me ha revelado el secreto de la ruleta.
¿Qué es eso?
Vos no sabés... el gran secreto... una ley de sincronismo estático... ya
fui dos veces a Montevideo y gané mucho dinero, pero esta noche salimos con
Hipólita para hacer saltar la banca.
Y de pronto lanzó la embrollada explicación:
Mirá, le jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras bolas, una
a cada docena. Si no salen tres docenas distintas se produce ferozmente el
desequilibrio. Marcás, entonces, con un punto la docena salida. Para las tres
bolas que siguen quedará igual la docena que marcaste. Claro está que el cero
no se cuenta y que jugás a las docenas en series de tres bolas. Aumentás entonces
una unidad en la docena que no tiene alguna cruz, disminuís, en una, quiero
decir, en dos unidades la docena que tiene tres cruces, y esta sola base te
permite deducir la unidad menor que las mayores y se juega la diferencia a
la docena o las docenas que resulten.
Erdosain no había entendido. Contenía su deseo de reír a medida que su esperanza
crecía, pues era indudable que Ergueta estaba loco. Por eso replicó:
Jesús sabe revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de santidad.
Y también a los idiotas arguyó Ergueta, clavando en él una mirada burlona,
a medida que guiñaba el párpado izquierdo. Desde que yo me ocupo de esas
cosas misteriosas he hecho macanas grandes como casas, por ejemplo, casarme
con esa atorranta...
¿Y sos feliz con ella?
... creer en la bondad de la gente, cuando todo el mundo lo que tira es
a hundirlo a uno y hacerle fama de loco...
Erdosain, impaciente, frunció el ceño; luego:
¿Cómo no querés que te tengan por loco? Vos fuiste, según tus propias palabras,
un gran pecador. Y de pronto te convertís, te casás con una prostituta porque
eso está escrito en la Biblia, le hablás a la gente del cuarto sello y del
caballo amarillo... claro... la gente tiene que creer que estás loco, porque
esas cosas no las conoce ni por las tapas. ¿A mí no me tienen también por
loco porque he dicho que habría que instalar una tintorería para perros y
metalizar los puños de las camisas?... Pero yo no creo que estés loco. No,
no lo creo. Lo que hay en vos es un exceso de vida, de caridad y de amor al
prójimo. Ahora, eso de que Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta
me parece medio absurdo...
Cinco mil pesos gané en las dos veces...
Pongamos que sea cierto. Pero lo que te salva a vos no es el secreto de
la ruleta, si no el hecho de tener una hermosa alma. Sos capaz de hacer el
bien, de emocionarte ante un hombre que está a las puertas de la cárcel...
Eso sí que es verdad interrumpió Ergueta. Fijate que hay otro farmacéutico
en el pueblo que es un tacaño viejo. El hijo le robó cinco mil pesos... y
después vino a pedirme un consejo. ¿Sabés lo que le aconsejé yo? Que lo amenazara
al padre con hacerlo meter preso por vender cocaína si lo denunciaba.
¿Ves cómo te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del viejo haciéndole
cometer un pecado al hijo, pecado del que éste se arrepentirá toda la vida.
¿No es así?
Sí, en la biblia está escrito: "Y el padre se levantará contra el hijo
y el hijo contra el padre"...
¿Ves? Yo te entiendo a vos. No sé para lo que estás predestinado... El destino
de los hombres es siempre incierto. Pero creo que tenés por delante un camino
magnífico. ¿Sabés? Un camino raro...
Seré el Rey del Mundo. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las ruletas el dinero
que quiera. Iré a Palestina, a Jerusalén y reedificaré el gran templo de Salomón...
Y salvarás de angustia a mucha gente buena. ¡Cuántos hay que por necesidad
defraudaron a sus patrones, robaron dinero que les estaba confiado! ¿Sabés?
La angustia... Un tipo angustiado no sabe lo que hace... Hoy roba un peso,
mañana cinco, pasado veinte y cuando se acuerda debe cientos de pesos. Y el
hombre piensa. Es poco... y de pronto se encuentra con que han desaparecido
quinientos, no, seiscientos pesos con siete centavos. ¿Te das cuenta? Ésa
es la gente que hay que salvar..., a los angustiados, a los fraudulentos.
El farmacéutico meditó un instante. Una expresión grave se disolvió en la
superficie de su semblante abotagado; luego, calmosamente, agregó:
Tenés razón... el mundo está lleno de turros, de infelices... pero ¿cómo
remediarlo? Esto es lo que a mí me preocupa. ¿De qué forma presentarle nuevamente
las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe?
Pero si la gente lo que necesita es plata... no sagradas verdades.
No, es que eso pasa por el olvido de las Escrituras. Un hombre que lleva
en sí las sagradas verdades no lo roba a su patrón, no defrauda a la compañía
en que trabaja, no se coloca en situación de ir a la cárcel del hoy al mañana.
Luego se rascó pensativamente la nariz y continuó:
Además, ¿quién no te dice que eso no sea para bien? ¿Quiénes van a hacer
la revolución social, si no los estafadores, los desdichados, los asesinos,
los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O
te creés que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?
De acuerdo, de acuerdo... pero, en tanto llega la revolución social, ¿qué
hace ese desdichado? ¿Qué hago yo?
Y Erdosain, tomándolo del brazo a Ergueta, exclamó:
Porque yo estoy a un paso de la cárcel, ¿sabés? He robado seiscientos pesos
con siete centavos.
El farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego dijo:
No te aflijás. Los tiempos de tribulación de que hablan las Escrituras han
llegado. ¿No me he casado ya con la Coja, con la Ramera? ¿No se ha levantado
el hijo contra el padre y el padre contra el hijo? La revolución está más
cerca de lo que la desean los hombres. ¿No sos vos el fraudulento y el lobo
que diezma el rebaño...?
Pero, decime, ¿vos no podés prestarme esos seiscientos pesos?
El otro movió lentamente la cabeza:
¿Te pensás que porque leo la Biblia soy un otario?
Erdosain lo miró desesperado:
Te juro que los debo.
De pronto ocurrió algo inesperado.
El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema
de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena:
Rajá, turrito, rajá.
Erdosain, rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina volvió la cabeza,
vió que Ergueta movía los brazos hablando con el camarero.
Las opiniones del Rufián Melancólico
[...]
Caminaban
junto a los bardales, y en el dulce atardecer las palabras del macró abrían
un paréntesis de extrañeza en Erdosain. Comprendía que se encontraba junto
a una vida substancialmente distinta a la suya. Entonces, le preguntó:
¿Y cómo se inició usted en la "vida"?
En ese tiempo era joven. Tenía veintitres años y una cátedra de matemáticas.
Porque yo soy profesor añadió orgullosamente Haffner, profesor de matemáticas.
Con mi cátedra iba viviendo, cuando en un prostíbulo de la calle Rincón encontré
una noche a una francesita que me gustó. Hace de esto diez años. Precisamente
en esos días había recibido una herencia de cinco mil pesos de un pariente.
Lucienne me agradó, y le ofrecí que vinera a vivir conmigo. Tenía un cafishio,
el Marsellés, un gigante brutal, a quien veía de vez en cuando. No sé si por
la labia, o porque era lindo, el caso es que la mujer se enamoró, y una noche
de tormenta, la saqué de la casa. Fue eso una novela. Nos fuimos a las sierras
de Córdoba, después a Mar del Plata, y cuando los cinco mil pesos se terminaron,
le dije: "Buenos, adiós idilio. Se terminó." Entonces ella me dijo:
"No, mi querido, nosotros no nos separaremos más."
Ahora iban bajo las bóvedas de verdura, ramas entrelazadas y ábsides de tallos.
Yo estaba celoso. ¿Sabe usted lo que es estar celoso de una mujer que se
acuesta con todos? ¿Y sabe usted la emoción del primer almuerzo que paga ella
con la plata del mishé? ¿Se imagina la felicidad de comer con los tenedores
cruzados, mientras el mozo los mira a usted y a ella sabiendo quiénes son?
¿Y el placer de salir a la calle con ella prendida de un brazo mientras los
tiras lo relojean? ¿Y ver que ella, que se acuesta con tantos hombres, lo
prefiere a usted, únicamente a usted? Eso es muy lindo, amigo, cuando se hace
la carrera. Y ella es la que se preocupa de que usted consiga otra mujer para
que la explote, ella es la que la trae a su casa diciendo: "vamos a ser
cuñadas", ella es la que varea a la primeriza para que levante únicamente
viajes para usted, y cuanto más tímido y vergonzoso es usted, más goza ella
en destruir sus escrúpulos, en hundirlo en su basura, y de pronto... cuando
menos se acuerda se encuentra enterrado hasta los pelos en el barro... y entonces
hay que bailar. Y mientras la mujer está metida hay que aprovechar, porque
un día le da una viaraza, enloquece por otro, y con la misma inconsciencia
con que lo siguió a usted se sacrifica de nuevo. Me dirá usted: ¿para qué
necesita una mujer un hombre? Más, desde ya le diré: Ningún dueño de prostíbulo
va a tratar con una mujer. Con quien trata es con su "marlu". El
cafishio le da a una mujer tranquilidad para ejercer su vida. Los tiras no
la molestan. Si cae presa, él la saca; si está enferma, él la lleva a un sanatorio
y la hace cuidar, y le evita líos y mil cosas fantásticas. Vea, mujer que
en el ambiente trabaja por su cuenta termina siendo siempre víctima de un
asalto, una estafa o un atropello bárbaro. En cambio, mujer que tiene un hombre
trabaja tranquila, sosegada, nadie se mete con ella y todos la respetan. Y
ya que ella, por un motivo o por otro, eligió su vida, es lógico que por su
dinero pueda darse la felicidad que necesita.
Claro, para usted todo esto es nuevo, pero ya se va a ir haciendo. Y si no,
dígame: ¿cómo explicar que haya fioca que tenga hasta siete mujeres? El tano
Repollo llegó en sus buenos tiempos a tener once mujeres. El gallego Julio,
ocho. No hay francés casi que no tenga tres mujeres. Y ellas se conocen, y
no sólo se conocen, si no que saben vivir juntas y rivalizan en quién le da
más, porque es un orgullo ser la preferida de un hombre que los sosiega a
los pesquisa más prepotentes de una sola mirada. Y pobrecitas, son tan locas,
que uno no sabe si compadecerlas o romperles la cabeza de un palo.
Erdosain se sentía anonadado por el desprecio formidable que ese hombre revelaba
hacia las mujeres. Y recordaba que en otra oportunidad el Astrólogo le había
dicho: "El Rufián Melancólico es un tipo que al ver una mujer lo primero
que piensa es esto: Ésta, en la calle, rendiría diez o veinte pesos. Nada
más."
Y ahora sintió Erdosain que el hombre le repugnaba. Para cambiar de conversación,
dijo:
Dígame... ¿Usted cree en el éxito de la empresa del Astrólogo?
No.
¿Y él sabe que usted no cree?
Sí.
¿Y por qué usted lo acompaña?
Yo lo acompaño relativamente, y de aburrido que estoy. Ya que la vida no
tiene ningún sentido, es igual seguir cualquier corriente.
¿Para usted la vida no tiene ningún sentido?
Absolutamente ninguno. He organizado toda mi vida como la de un industrial.
Todos los días me acuesto a las doce y me levanto a las nueve de la mañana.
Hago una hora de ejercicio, me baño, leo los diarios, almuerzo, duermo una
siesta, a las seis tomo el vermut y voy a lo del peluquero, a las ocho ceno,
después salgo al café, y dentro de dos años, cuando tenga doscientos mil pesos,
me retiraré del oficio para vivir definitivamente de mis rentas.
Y en realidad, ¿cuál va a ser su intervención en la sociedad del Astrólogo?
Si el Astrólogo consigue dinero, guiarlo en la junta de mujeres y en la
instalación del prostíbulo.
Pero usted, en su interior, ¿qué piensa del Astrólogo?
Que es un maniático que puede o no tener éxito.
Pero sus ideas...
Algunas son embrolladas, otras claras, y francamente, no sé hasta donde
quiere apuntar ese hombre. Unas veces usted cree estar oyendo a un reaccionario,
otras a un rojo, y, a decir verdad, me parece que ni él mismo sabe lo que
quiere.
¿Y si tuviera éxito...?
Entonces ni Dios sabe lo que puede ocurrir. ¡Ah!, a propósito, ¿usted le
habló de cultivos de bacilos del cólera asiático?
Sí... sería un magnífico medio de combate contra el ejército. Desparramar
un cultivo en cada cuartel. ¿Se da cuenta? Simultáneamente, treinta o cuarenta
hombres pueden destruir el ejército y dejar que las masas proletarias hagan
la revolución...
El Astrólogo lo admira mucho a usted. Siempre me ha hablado de usted como
de un individuo que tiene grandes posibilidades de éxito.
Erdosain sonrió halagado.
Sí, algo estudia uno para destruir esta sociedad. Pero volviendo a lo de
antes: lo que yo no concibo es su posición respecto a nosotros...
Haffner se volvió rápidamente, midió de una mirada a Erdosain como extrañado
por los términos de éste, y luego, sonriendo burlonamente, agregó:
Yo no estoy en ninguna posición. Entiéndame bien. A mí no me perjudica ayudar
al Astrólogo. Lo demás, sus teorías, las tomo como a cuenta de conversación.
Él es para mí un amigo que piensa instalar un negocio, previsto y tolerado
por nuestras leyes. Eso es todo. Ahora, que el dinero que él gane con ese
negocio lo invierta en una sociedad secreta o en un convento de monjas, personalmente
no me interesa. Ya ve usted que mi actuación en la famosa sociedad no puede
ser más inocente.
¿Y a usted le resulta lógico pensar que una sociedad revolucionaria se base
en la explotación del vicio de la mujer?
El Rufián frunció los labios. Luego, mirando de reojo a Erdosain, se explicó:
Lo que usted dice no tiene sentido. La sociedad actual se basa en la explotación
del hombre, de la mujer, y del niño. Vaya, si quiere tener consciencia de
los que es la explotación capitalista, vaya a las fundiciones de hierro de
Avellaneda, a los frigoríficos y a las fábricas de vidrio, manufactura de
fósforos y tabaco. Reía desagradablemente al decir estas cosas. Nosotros,
los hombres del ambiente, tenemos una o dos mujeres; ellos, los industriales,
a una multitud de seres humanos. ¿Cómo hay que llamarles a esos hombres? ¿Y
quién es más desalmado, el dueño de un prostíbulo o la sociedad de accionistas
de una empresa? Y sin ir más lejos, ¿no le exigían a usted que fuera honrado
con un sueldo de cien pesos y llevando diez mil en la cartera?
Tiene razón... pero entonces, ¿por qué me facilitó el dinero?
Eso es harina de otro costal.
Pero a mí me preocupa.
Bueno, hasta la vista.
Y antes de que Erdosain pudiera contestarle, el Rufián tomó por una diagonal
arbolada. Andaba apresuradamente. Erdosain le miró un instante, luego echó
a caminar tras él, y le alcanzó junto a una esquina. Haffner se volvió irritado,
y ya estridente exclamó:
¿Se puede saber qué es lo que quiere usted de mí?
¿Lo que quiero?... Quiero decirle esto: Que no le agradezco absolutamente
nada del dinero que me ha dado. ¿Sabe? ¿Quiere el cheque? Aquí lo tiene.
Y, efectivamente, se lo alcanzaba, pero el Rufián lo examinó esta vez despreciativamente:
No sea ridículo, ¿quiere? Vaya y pague.
Los alambrados ondularon ante los ojos de Erdosain. Sufría visiblemente, porque
palideció hasta quedar amarillo. Se apoyó en un poste, creía que iba a vomitar.
Haffner, detenido frente a él, le preguntó condescendiente:
¿Se le pasa el mareo?
Sí... un poco...
Usted está mal... tiene que hacerse ver...
[...]
El jorobadito
De "El jorobadito".
1933.
Publicado también en "Cuentos Completos", Planeta 1997
Los diversos
y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en
compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron
en su tiempo a mucha gente de mi lado.
Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no
perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto.
Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso
e imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un benefactor
de la humanidad.
Se ha echado sobre mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la
hora en que aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto
no estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio, o un filántropo.
De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los fueros
de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia, resultaran
insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle en el trasero,
una brigada de personas bien nacidas.
No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no
es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del
calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.
Pero estaba escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades.
Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y
la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos.
Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad
abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado
más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así
como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en
el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia
de un deforme no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado,
grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido
por traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba...
Es terrible..., sin contar que todos los contrahechos son seres perversos,
endemoniados, protervos..., de manera que al estrangularlo a Rigoletto me
creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues
he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso
y repugnante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel. Tan cruel
que yo me veía obligado a decirle todos los días:
–Mirá, Rigoletto, no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole
con un látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No
es cierto que no te ha hecho nada?...
–¿Qué se le importa?
–No te ha hecho nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, desfogas tus furores
en la pobre bestia...
–Como me embrome mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le
prendo fuego.
Después de pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en
el crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de teatro.
Y yo le decía:
–Te voy a retorcer el pescuezo, Rigoletto. Escuchá mis paternales advertencias,
Rigoletto. Te conviene...
Predicar en el desierto hubiera sido más eficaz. Se regocijaba en contravenir
mis órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento sardónico
y feroz. Inútil era que prometiera zurrarle la badana o hacerle salir la joroba
por el pecho de un mal golpe. El continuaba observando una conducta impura.
Volviendo a mi actual situación diré que si hay algo que me reprocho, es haber
recaído en la ingenuidad de conversar semejantes minucias a los periodistas.
Creía que las interpretarían, más heme aquí ahora abocado a mi reputación
menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un demente,
afirmando con toda seriedad que bajo la trabazón de mis actos se descubren
las características de un cínico perverso.
Ciertamente, que mi actitud en la casa de la señora X, en compañía del jorobadito,
no ha sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos
no podría afirmarlo bajo mi palabra de honor.
Pero de este extremo al otro, en el que me colocan mis irreductibles enemigos,
media una igual distancia de mentira e incomprensión. Mis detractores aseguran
que soy un canalla monstruoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al
comentar ciertos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad no
fuera precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi
carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo.
Por otra parte, si hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería
llamarse Sufrimiento. Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos
padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada
que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta el matiz
del color que tenían sus pensamientos, y lo más grave es que no me he equivocado
nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el rojo del odio y el verde del
amor, como a través de la cresta de una nube los rayos de luna más o menos
empalidecidos por el espesor distinto de la masa acuosa. Y personas hubo que
me han dicho:
–¿Recuerda cuando usted, hace tres años, me dijo que yo pensaba en tal cosa?
No se equivocaba.–He caminado así, entre hombres y mujeres, percibiendo los
furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus intenciones,
sorprendiendo siempre en las laterales luces de la pupila, en el temblor de
los vértices de los labios y en el erizamiento casi invisible de la piel de
los párpados, lo que anhelaban, retenían o sufrían. Y jamás estuve más solo
que entonces, que cuando ellos y ellas eran transparentes para mí.
De este modo, involuntariamente, fui descubriendo todo el sedimento de bajeza
humana que encubren los actos aparentemente más leves, y hombres que eran
buenos y perfectos para sus prójimos, fueron, para mí, lo que Cristo llamó
sepulcros encalados. Lentamente se agrió mi natural bondad convirtiéndome
en un sujeto taciturno e irónico. Pero me voy apartando, precisamente, de
aquello a lo cual quiero aproximarme y es la relación del origen de mis desgracias.
Mis dificultades nacen de haber conducido a la casa de la señora X al infame
corcovado.
En la casa de la señora X yo "hacía el novio" de una de las niñas.
Es curioso. Fui atraído, insensiblemente, a la intimidad de esa familia por
una hábil conducta de la señora X, que procedió con un determinado exquisito
tacto y que consiste en negarnos un vaso de agua para poner a nuestro alcance,
y como quien no quiere, un frasco de alcohol. Imagínense ustedes lo que ocurriría
con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos. Incluso, hay testigos.
Digo esto para descargo de mi conciencia. Más aún, en circunstancias en que
nuestras relaciones hacían prever una ruptura, yo anticipé seguridades que
escandalizaron a los amigos de la casa. Y es curioso. Hay muchas madres que
adoptan este temperamento, en la relación que sus hijas tienen con los novios,
de manera que el incauto –si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez–
observa con terror que ha llevado las cosas mucho más lejos de lo que permitía
la conveniencia social.
Y ahora volvamos al jorobadito para deslindar responsabilidades. La primera
vez que se presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado
de ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo
y gritando a voz en cuello de manera que hasta los viandantes que pasaban
por la calle podían escucharle:
–¿Y dónde está la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia?
Y los esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? En
lugar de recibirme jovencitos con orinales, me atiende una vieja desdentada
y hedionda. ¿Y ésta es la casa en la cual usted vive?–Y observando las puertas
recién pintadas, exclamó enfáticamente:–¡Pero esto no parece una casa de familia
sino una ferretería! Es simplemente asqueroso. ¿Cómo no han tenido la precaución
de perfumar la casa con esencia de nardo, sabiendo que iba a venir? ¿No se
dan cuenta de la pestilencia de aguarrás que hay aquí?
¿Reparan ustedes en la catadura del insolente que se había posesionado de
mi vida?
Lo cual es grave, señores, muy grave.
Estudiando el asunto recuerdo que conocí al contrahecho en un café; lo recuerdo
perfectamente. Estaba yo sentado frente a una mesa, meditando, con la nariz
metida en mi taza de café, cuando, al levantar la vista distinguí a un jorobadito
que con los pies a dos cuartas del suelo y en mangas de camisa, observábame
con toda atención, sentado del modo más indecoroso del mundo, pues había puesto
la silla al revés y apoyaba sus brazos en el respaldo de ésta.
Como hacía calor se había quitado el saco, y así descaradamente en cuerpo
de camisa, giraba sus renegridos ojos saltones sobre los jugadores de billar.
Era tan bajo que apenas si sus hombros se ponían a nivel con la tabla de la
mesa. Y, como les contaba, alternaba la operación de contemplar la concurrencia,
con la no menos importante de examinar su reloj pulsera, cual si la hora que
éste marcara le importara mucho más que la señalada en el gigantesco reloj
colgado de un muro del establecimiento.
Pero, lo que causaba en él un efecto extraño, además de la consabida corcova,
era la cabeza cuadrada y la cara larga y redonda, de modo que por el cráneo
parecía un mulo y por el semblante un caballo.
Me quedé un instante contemplando al jorobadito con la curiosidad de quien
mira un sapo que ha brotado frente a él; y éste, sin ofenderse, me dijo:
–Caballero, ¿será tan amable usted que me permita sus fósforos?
Sonriendo, le alcancé mi caja; el contrahecho encendió su cigarro medio consumido
y después de observarme largamente, dijo:
–¡Qué buen mozo es usted! Seguramente que no deben faltarle novias.
La lisonja halaga siempre aunque salga de la boca de un jorobado, y muy amablemente
le contesté que sí, que tenía una muy hermosa novia, aunque no estaba muy
seguro de ser querido por ella, a lo cual el desconocido, a quien bauticé
en mi fuero interno con el nombre de Rigoletto, me contestó después de escuchar
con sentenciosa atención mis palabras:
–No sé por qué se me ocurre que usted es de la estofa con que se fabrican
excelentes cornudos.–Y antes que tuviera tiempo de sobreponerme a la estupefacción
que me produjo su extraordinaria insolencia, el cacaseno continuó:–Pues yo
nunca he tenido novia, créalo, caballero... le digo la verdad...
–No lo dudo– repliqué sonriendo ofensivamente–, no lo dudo...
–De lo que me alegro, caballero, porque no me agradaría tener un incidente
con usted...
Mientras él hablaba yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza
o tirarle a la cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo
me dije que de promoverse un altercado allí, el que llevaría todas las de
perder era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque
aquel sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él, obsequiándome
con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al descubierto su
amarilla dentadura de jumento, dijo:
–Este reloj pulsera me cuesta veinticinco pesos...; esta corbata es inarrugable
y me cuesta ocho pesos...; ¿ve estos botines?, treinta y dos pesos, caballero.
¿Puede alguien decir que soy un pelafustán? ¡No, señor! ¿No es cierto?
–¡Claro que sí!
Guiñó arduamente los ojos durante un minuto, luego moviendo la cabeza como
un osezno alegre, prosiguió interrogador y afirmativo simultáneamente:
–Qué agradable es poder confesar sus intimidades en público, ¿no le parece,
caballero? ¿Hay muchos en mi lugar que pueden sentarse impunemente a la mesa
de un café y entablar una amable conversación con un desconocido como lo hago
yo? No. Y, ¿por qué no hay muchos, puede contestarme?
–No sé...
–Porque mi semblante respira la santa honradez.
Satisfechísimo de su conclusión, el bufoncillo se restregó las manos con satánico
donaire, y echando complacidas miradas en redor prosiguió:
–Soy más bueno que el pan francés y más arbitrario que una preñada de cinco
meses. Basta mirarme para comprender de inmediato que soy uno de aquellos
hombres que aparecen de tanto en tanto sobre el planeta como un consuelo que
Dios ofrece a los hombres en pago de sus penurias, y aunque no creo en la
santísima Virgen, la bondad fluye de mis palabras como la piel del Himeto.
Mientras yo desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto continuó:
–Yo podría ser abogado ahora, pero como no he estudiado no lo soy. En mi familia
fui profesional del betún.
–¿Del betún?
–Sí, lustrador de botas..., lo cual me honra, porque yo solo he escalado la
posición que ocupo. ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se
dice "técnico de calzado" el último remendón de portal, y "experto
en cabellos y sus derivados" el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio
profesional?...
Indudablemente, era aquél el pillete más divertido que había encontrado en
mi vida.
–¿Y ahora qué hace usted?
–Levanto quinielas entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será
mi cliente. Pida informes...
–No hace falta...
–¿Quiere fumar usted, caballero?
–¡Cómo no!
Después que encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigoletto apoyó el
corto brazo en mi mesa y di jo:
–Yo soy enemigo de contraer amistades nuevas porque la gente generalmente
carece de tacto y educación, pero usted me convence.... me parece una persona
muy de bien y quiero ser su amigo–dicho lo cual, y ustedes no lo creerán,
el corcovado abandonó su silla y se instaló en mi mesa.
Ahora no dudarán ustedes de que Rigoletto era el ente más descarado de su
especie, y ello me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brazo
por encima de la mesa y darle dos palmadas amistosas en la giba.
Quedóse el contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor,
y sonriendo, agregó:
–¡Que le aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte!
Siempre dudé que mi novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento
que a mí me hacía pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural.
Por momentos la sentía implantada en mi existencia semejante a un peñasco
en el centro de un río. Y esta sensación de ser la corriente dividida en dos
ondas cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi deleite
de enamoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que corre en nosotros
se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y como la corriente no puede
destruir la roca, terminamos anhelando el peñasco que aja nuestro movimiento
y permanece inmutable.
Naturalmente, ella desde el primer día que nos tratamos, me hizo experimentar
con su frialdad sonriente el peso de su autoridad. Sin poder concretar en
qué consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la presión
de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a ella me sentía ridículo, inferior
sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera de ambas cosas.
De más está decir que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que
ella podía considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fácil imaginármela
entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocurre que esa imaginación
pervertida era la consecuencia de mi conducta imbécil para con ella.
En tanto, mediante esas curiosas transmutaciones que obra a veces la alquimia
de las pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola
también, ignoro por qué, de aquella situación absurda en que me encontraba.
Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterias de la maldita
vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las situaciones más raras
de que haya oído hablar, pues me retenía en la casa, junto a mi novia, no
el amor a ella, sino el odio al alma taciturna y violenta que envasaba la
madre silenciosa, pesando a todas horas cuántas probabilidades existían en
el presente de que me casara o no con su hija. Ahora estaba aferrado al semblante
de la madre como a una mala injuria inolvidable o a una humillación atroz.
Me olvidaba de la muchacha que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar
el rostro de la anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular,
terroso, inmóvil por momentos como si estuviera tallado en plata sucia, y
con ojos negros, vivos e insolentes.
Las mejillas estaban surcadas por gruesas arrugas amarillas, y cuando aquel
rostro estaba inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, por ejemplo,
detenidos en el plafón de la sala, emanaba de esa figura envuelta en ropas
negras tal implacable voluntad, que el tono de la voz, enérgico y recio, lo
que hacía era sólo afirmarla.
Yo tuve la sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque
la intimidad, a la cual ella "involuntariamente" me había arrastrado,
no aseguraba en su interior las ilusiones que un día se había hecho respecto
a mí.
Y a medida que el odio crecía, y lanzaba en su interior furiosas voces, la
señora X era más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria,
tenía conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales
gastan con sus hijos varones, y como una monstruosa araña iba tejiendo en
redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Sólo sus ojos negros
e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y sopesando mis
intenciones. A veces, cuando la incertidumbre se le hacía insoportable, estallaba
casi en estas indirectas:
–Las amigas no hacen sino preguntarme cuándo se casan ustedes, y yo ¿qué les
voy a contestar? Que pronto.–O si no:– Sería conveniente, no le parece a usted,
que la "nena" fuera preparando su ajuar.
Cuando la señora X pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir
si en un parpadeo o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba
mi intención de no cumplir con el compromiso, al cual ella me había arrastrado
con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que le daría una
sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi "decencia de caballero",
mas el esfuerzo que tenía que efectuar para revestirse de esa apariencia de
tranquilidad, ponía en el timbre de su voz una violencia meliflua, violencia
que imprimía a las palabras una velocidad de cuchicheo, como quien os confía
apuradamente un secreto, acompañando la voz con una inclinación de cabeza
sobre el hombro derecho, mientras que la lengua humedecía los labios resecos
por ese instinto animal que la impulsaba a desear matarme o hacerme víctima
de una venganza atroz.
Además de voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía articular con mis
ideas, que le eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra.
Y aunque aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la divergencia
de un pensamiento, no lo es, porque en el subconsciente de cada hombre y de
cada mujer donde se almacena el rencor, cuando no es posible otro escape,
el odio se descarga como por una válvula psíquica en la oposición de las ideas.
Por ejemplo, ella, que odiaba a los bolcheviques, me escuchaba deferentemente
cuando yo hablaba de las rencillas de Trotsky y Stalin, y hasta llegó al extremo
de fingir interesarse por Lenin, ella, ella que se entusiasmaba ardientemente
con los más groseros figurones de nuestra política conservadora. Acomodaticia
y flexible, su aprobación a mis ideas era una injuria, me sentía empequeñecido
y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera afirmado que el día era noche,
me contestara:
–Efectivamente, no me fijé que el sol hace rato que se ha puesto.
Sintetizando, ella deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de
darme con las puertas en las narices y de resarcirse de todas las dudas en
que la había mantenido sumergida mi noviazgo eterno.
En tanto la malla de la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo.
Me sentía amarrado por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba
un nudo más a su tejido, y mi tristeza crecía como si ante mis ojos estuvieran
serruchando las tablas del ataúd que me iban a sumergir en la nada.
Sabía que en la casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si
yo aceptaba la situación que traía aparejada el compromiso. Ellas, la madre
y la hija, me atraían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin
ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje popular,
en el que la personalidad a medida que pasan los días se va desintegrando
bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la virtud de convertirlo
a un hombre en uno de esos autómatas con cuello postizo, a quienes la mujer
y la suegra retan a cada instante porque no trajo más dinero o no llegó a
la hora establecida.
Hace mucho tiempo que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud.
Admito que es más probable que mi destino me lleve a dormir junto a los rieles
de un ferrocarril, en medio del campo verde, que a acarretillar un cochecito
con toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente "debe
enorgullecerme de ser padre".
Yo no he podido concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento
de verguenza y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con
el pretexto de que su esposa lo ha hecho "padre de familia". Hasta
muchas veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de
alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del nacimiento
de una criatura debíamos llorar de haber provocado la aparición en este mundo
de un mísero y débil cuerpo humano, que a través de los años sufrirá incontables
horas de dolor y escasísimos minutos de alegría.
Y mientras la "deliciosa criatura" con la cabeza tiesa junto a mi
hombro soñaba con un futuro sonrosado, yo, con los ojos perdidos en la triangular
verdura de un ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarrar la tela
de la red, cuyas células a medida que crecía se hacían más pequeñas y densas.
Sin embargo, no encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar
definitivamente la malla, hasta que conocí al corcovado.
En esas circunstancias se me ocurrió la "idea"–idea que fue pequeñita
al principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los
días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afianzando sus fibromas entre
las células más remotas–y aunque no se me ocultaba que era ésa una "idea"
extraña, fui familiarizándome con su contextura, de modo que a los pocos días
ya estaba acostumbrado a ella y no faltaba sino llevarla a la práctica.
Esa idea, semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa
de mi novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un
escándalo singular, de consecuencias irreparables. Buscando un motivo mediante
el cual podría provocar una ruptura, reparé en una ofensa que podría inferirle
a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía:
Bajo la apariencia de una conmiseración elevada a su más pura violencia y
expresión, el primer beso que ella aún no me había dado a mí, tendría que
dárselo al repugnante corcovado que jamás había sido amado, que jamás conoció
la piedad angélica ni la belleza terrestre.
Familiarizado, como les cuento, con mi "idea", si a algo tan magnífico
se puede llamar idea, me dirigí al café en busca de Rigoletto.
Después que se hubo sentado a mi lado, le dije:
–Querido amigo: muchas veces he pensado que ninguna mujer lo ha besado ni
lo besará. ¡No me interrumpa! Yo la quiero mucho a mi novia, pero dudo que
me corresponda de corazón. Y tanto la quiero que para que se dé cuenta de
mi cariño le diré que nunca la he besado. Ahora bien: yo quiero que ella me
dé una prueba de su amor hacia mí... y esa prueba consistirá en que lo bese
a usted. ¿Está conforme?
Respingó el corcovado en su silla; luego con tono enfático me replicó:
–¿Y quién me indemniza a mí, caballero, del mal rato que voy a pasar?
–¿Cómo, mal rato?
–¡Naturalmente! ¿O usted se cree que yo puedo prestarme por ser jorobado a
farsas tan innobles? Usted me va a llevar a la casa de su novia y como quien
presenta un monstruo, le dirá: "Querida, te presento al dromedario".
–¡Yo no la tuteo a mi novia!
–Para el caso es lo mismo. Y yo en tanto, ¿qué voy a quedarme haciendo, caballero?
¿Abriendo la boca como un imbécil, mientras disputan sus tonterías? ¡No, señor;
muchas gracias! Gracias por su buena intención, como le decía la liebre al
cazador. Además, que usted me dijo que nunca la había besado a su novia.
–Y eso, ¿qué tiene que ver?
–¡Claro! ¿Usted sabe acaso si a mí me gusta que me besen? Puede no gustarme.
Y si no me gusta, ¿por qué usted quiere obligarme? ¿O es que usted se cree
que porque soy corcovado no tengo sentimientos humanos?
La resistencia de Rigoletto me enardeció. Violentamente, le dije:
–Pero ¿no se da cuenta de que es usted, con su joroba y figura desgraciadas,
el que me sugirió este admirable proyecto? ¡Piense, infeliz! Si mi novia consiente,
le quedará a usted un recuerdo espléndido. Podrá decir por todas partes que
ha conocido a la criatura más adorable de la tierra. ¿No se da cuenta? Su
primer beso habrá sido para usted.
–¿Y quién le dice a usted que ése sea el primer beso que haya dado?
Durante un instante me quedé inmóvil; luego, obcecado por ese frenesí que
violentaba toda mi vida hacia la ejecución de la "idea", le respondí:
–Y a vos, Rigoletto, ¿qué se te importa?
–¡No me llame Rigoletto! Yo no le he dado tanta confianza para que me ponga
sobrenombres.
–Pero ¿sabés que sos el contrahecho más insolente que he conocido?
Amainó el jorobadito y ya dijo:
–¿Y si me ultrajara de palabra o de hecho?
–¡No seas ridículo, Rigoletto! ¿Quién te va a ultrajar? ¡Si vos sos un bufón!
¿No te das cuenta? ¡Sos un bufón y un parásito! ¿Para qué hacés entonces la
comedia de la dignidad?
–¡Rotundamente protesto, caballero!
–Protestá todo lo que quieras, pero escucháme. Sos un desvergonzado parásito.
Creo que me expreso con suficiente claridad ¿no? Les chupás la sangre a todos
los clientes del café que tienen la imprudencia de escuchar tus melifluas
palabras. Indudablemente no se encuentra en todo Buenos Aires un cínico de
tu estampa y calibre. ¿Con qué derecho, entonces, pretendés que te indemnicen
si a vos te indemniza mi tontería de llevarte a una casa donde no sos digno
de barrer el zaguán? ¡Qué más indemnización querés que el beso que ella, santamente,
te dará, insensible a tu cara, el mapa de la desverguenza!
–¡No me ultraje!
–Bueno, Rigoletto, ¿aceptás o no aceptás?
–¿Y si ella se niega a dármelo o quedo desairado?...
–Te daré veinte pesos.
–¿Y cuándo vamos a ir?
–Mañana. Cortáte el pelo, limpiáte las uñas...
–Bueno..., présteme cinco pesos...
–Tomá diez.
A las nueve de la noche salí con Rigoletto en dirección a la casa de mi novia.
El giboso se había perfumado endiabladamente y estrenaba una corbata plastrón
de color violeta.
La noche se presentaba sombría con sus ráfagas de viento encallejonadas en
las bocacalles, y en el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas
eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes.
Yo estaba malhumorado, triste. Tan apresuradamente caminaba que el cojo casi
corría tras de mí, y a momentos tomándome del borde del saco, me decía con
tono lastimero:
–¡Pero usted quiere reventarme! ¿Qué le pasa a usted?
Y de tal manera crecía mi enfurecimiento que de no necesitarlo a Rigoletto
lo hubiera arrojado de un puntapié al medio de la calzada.
¡Y cómo soplaba el viento! No se veía alma viviente por las calles, y una
claridad espectral caída del segundo cielo que contenían las combadas nubes,
hacía más nítidos los contornos de las fachadas y sus cresterías funerarias.
No había quedado un trozo de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había
sido borrada por una tropa de espectros. Y a pesar de encontrarme en ella,
creía estar perdido en un bosque.
El viento doblaba violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado
me perseguía en mi carrera, como si no quisiera perderme, semejante a mi genio
malo, semejante a lo malvado de mí mismo que para concretarse se hubiera revestido
con la figura abominable del giboso.
Y yo estaba triste. Enormemente triste, como no se lo imaginan ustedes. Comprendía
que le iba a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que
ese acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me
dijera a medida que cruzaba las aceras desiertas:
–Si Rigoletto fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo. –Y comprendía
que sí, que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera
compadecido con angustia enorme. Por su aislamiento, por su falta de amor
que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las miradas.
Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero haberlo amado
a él.
De pronto me detuve ante un zaguán iluminado:
–Aquí es.
Mi corazón latía fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre
la punta de sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me
dijo:
–¡Acuérdese! ¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado... !
Fina y alta, apareció mi novia en la sala dorada.
Aunque sonreía, su mirada me escudriñaba con la misma serenidad con que me
examinó la primera vez cuando le dije: "¿me permite una palabra, señorita?",
y esta contradicción entte la sonrisa de su carne (pues es la carne la que
hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa
de su inteligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre me
causaba la extraña impresión.
Avanzó cordialmente a mi encuentro, pero al descubrir al contrahecho, se detuvo
asombrada, interrogándonos a los dos con la mirada.
–Elsa, le voy a presentar a mi amigo Rigoletto.
–¡No me ultraje, caballero! ¡Usted bien sabe que no me llamo Rigoletto!
–¡A ver si te callás!
Elsa detuvo la sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estuviera en trance
de convertirme en un desconocido para ella. Señalándole una butaca dorada
le dije al contrahecho:
–Sentáte allí y no te muevas.
Quedóse el giboso con los pies a dos cuartas del suelo y el sombrero de paja
sobre las rodillas y con su carota atezada parecía un ridículo ídolo chino.
Elsa contemplaba estupefacta al absurdo personaje.
Me sentí súbitamente calmado.
–Elsa–le dije–, Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe por ese repugnante
canalla que nos escucha. Oigame: yo dudo... no sé por qué..., pero dudo de
que usted me quiera. Es triste eso..., créalo... Demuéstreme, déme una prueba
de que me quiere, y seré toda la vida su esclavo.
Naturalmente, yo no estaba seguro de lo que quería expresar "toda la
vida", pero tanto me agradó la frase que insistí:
–Sí, su esclavo para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de
mi aliento.
Elsa retrocedió a medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben
ustedes lo que se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar una marcha militar
con el nudillo de sus dedos en la copa del sombrero.
Me volví al cojo y después de conminarle silencio, me expliqué:
–Vea, Elsa, y la única prueba de amor es que le dé un beso a Rigoletto.
Los ojos de la doncella se llenaron de una claridad sombría. Caviló un instante;
luego, sin cólera en la voz, me dijo muy lentamente:
–¡Retírese!
–¡Pero! ...
–¡Retírese, por favor...; váyase!...
Yo me inclino a creer que el asunto hubiera tenido compostura, créanlo...,
pero aquí ocurrió algo curioso, y es que Rigoletto, que hasta entonces había
guardado silencio, se levantó exclamando:
–¡No le permito esa insolencia, señorita..., no le permito que lo trate así
a mi noble amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón
de peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo!
Más tarde mucha gente creyó que lo que ocurrió fue una comedia preparada.
Y la prueba de que yo ignoraba lo que iba a ocurrir, es que al escuchar los
despropósitos del contrahecho me desplomé en un sofá riéndome a gritos, mientras
que el giboso, con el semblante congestionado, t ieso en el cent ro de la
sala, con su brac i to extend ido , vociferaba:
–¡Por qué usted le dijo a mi amigo que un beso no se pide..., se da! ¿Son
conversaciones esas adecuadas para una que presume de señorita como usted?
¿No le da a usted verguenza?
Descompuesto de risa, sólo atiné a decir:
–¡Calláte, Rigoletto; calláte!...
El corcovado se volvió enfático:
–¡Permítame, caballero...; no necesito que me dé lecciones de urbanidad!–Y
volviéndose a Elsa, que roja de verguenza había retrocedido hasta la puerta
de la sala, le dijo:–¡Señorita... la conmino a que me dé un beso!
E1 límite de resistencia de las personas es variable. Elsa huyó arrojando
grandes gritos y en menos tiempo del que podía esperarse aparecieron en la
sala su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano.
¿Ustedes creen que el cojo se amilanó? Nada de eso. Colocado en medio de la
sala, gritó estentóreamente:
–¡Ustedes no tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de
una alta misión filantrópica! ... ¡No se acerquen!–Y antes de que ellos tuvieran
tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado desenfundó un
revólver, encañonándolos.
Se espantaron porque creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados
por el miedo, quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer
en tal asunto, pues ahora la insolencia de Rigoletto parecíame de lo más extraordinaria
y pintoresca.
Este, dándose cuenta del efecto causado, se envalentonó:
–¡Yo he venido a cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que
Elsa me dé un beso para que yo le perdone a la humanidad mi corcova. A cuenta
del beso, sírvanme un té con coñac. ¡Es una verguenza cómo ustedes atienden
a las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado!
¡Y tráigame el té!
¡Ah, inefable Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha
reído con tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales.
–Lo haré meter preso...
–Usted ignora las más elementales reglas de cortesía–insistía el corcovado–.
Ustedes están obligados a atenderme como a un caballero. E1 hecho de ser jorobado
no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión
filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no lo
rechazo. Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación que me
debe la sociedad, y no me niego a recibirlo.
Indudablemente... si allí había un loco, era Rigoletto, no les quede la menor
duda, señores. Continuó él:
–Caballero... yo soy...
Un vigilante tras otro entraron en la sala. No recuerdo nada más Dicen los
periódicos que me desvanecí al verlos entrar. Es posible.
¿Y ahora se dan cuenta por qué el hi jo del diablo, el maldito jorobado, castigaba
a la marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole?
El origen de algunas palabras de nuestro léxico popular
De "Aguafuertes
porteñas", 1933.
Ensalzaré
con esmero al benemérito "fiacún".
Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer el
elogio del "fiacún", a establecer el origen de la "fiaca",
y a dejar determinados de modo matemático y preciso los alcances del término.
Los futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yo habré tenido el
placer de haberme muerto sabiendo que trescientos setenta y un años después
me levantarán una estatua.
No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya
dicho alguna vez:
-¡Hoy estoy con "fiaca"!.
De ello deducirán seguramente mis asiduos y entusiastas lectores que la "fiaca"
expresa la intención de "tirarse a muerto", pero ello es un grave
error.
Confundir la "fiaca" con el acto de tirarse a muerto es lo mismo
que confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo.
Exactamente lo mismo.
Y sin embargo a primera vista parece que no. Pero es así. Sí, señores, es
así. Y lo probaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda alguna
respecto a mis profundos conocimientos de filología lunfarda.
Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir, una
expresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor
Dante Alighieri.
La "fiaca" en el dialecto genovés expresa esto: "Desgarro físico
originado por la falta de alimentación momentánea". Deseo de no hacer
nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante
un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Efeso durante ciento y pico
de años.
Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabra mencionada. Y algunas
más.
Comunicábame
un distinguido erudito en estas materias, que los genoveses de la Boca cuando
observaban que un párvulo bostezaba, decían: "Tiene la "fiaca"
encima, tiene". Y de inmediato le recomendaban que comiera, que se alimentara.
En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría por
comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión del almacenero
en Corrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por italianos y casi todos
ellos oriundos de Génova. En los mercados se observaba el mismo fenómeno.
Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes provenían de
la "bella Italia" y sus dependientes eran muchachos argentinos,
pero hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa,
es decir, la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los barrios.
Lo mismo sucedió con la palabra "manyar" que es la derivación de
la perfectamente italiana "mangiar la follia", o sea "darse
cuenta".
Curioso es el fenómeno, pero auténtico. Tan auténtico que más tarde prosperó
este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: "Hacer el rostro".
¿A qué no se imaginan ustedes lo que quiere decir "hacer el rostro"?
Pues hacer el rostro, en genovés, expresa preparar la salsa con que se condimentarán
los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la aplican cuando después
de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de la venta por sus condiciones
inmejorables. Eso, lo que no pueden vender o utilizar momentáneamente, se
llama el "rostro", es decir, la salsa, que equivale a manifestar:
lo mejor para después, para cuando haya pasado el peligro.
Volvamos con esmero al benemérito "fiacún".
Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se
aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos,
a esos robustos ganapanes de quince años, de dos metros de altura, cara colorada
como una manzana reineta, pantalones que dejaban descubierta una media tricolor,
y medio zonzos y brutos.
Esos muchachos era los que en todo juego intervenían para amargar la fiesta,
hasta que un "chico", algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo
eliminándolos de la función. Bueno, estos grandotes que no hacían nada, que
siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con gesto huído, estos "largos"
que se pasaban la mañana sentados en una esquina o en el umbral del despacho
de bebidas de un almacén, fueron los primitivos "fiacunes". A ellos
se aplicó con singular acierto el término.
Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años el "fiacún"
dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de carrero, para
entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se siente con
pereza.
Y, hoy, el "fiacún" es el hombre que momentáneamente no tiene ganas
de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de "squenún",
sino que tiene una proyección transitoria, y relacionada con este otro acto.
En toda oficina pública y privada, donde hay gente respetuosa de nuestro idioma
y un empleado ve que su compañero bosteza, inmediatamente le pregunta:
-¿Estás con "fiaca"?
Aclaración. No debe confundirse este término con el de "tirarse a muerto",
pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo, mientras que
la "fiaca" excluye toda premeditación, elemento constituyente de
la alevosía según los juristas. De modo que el "fiacún" al negarse
a trabajar no obra con premeditación, sino instintivamente, lo cual lo hace
digno de todo respeto.