LA TERCERA PARTE DEL MAR

Alejandro Tantanian

 

Esta obra fue estrenada en el mes de abril de 1999 en la sala Babilonia de la ciudad de Buenos Aires.

 

1

El mar, a la izquierda.

 

La noche es cerrada.

Una palma de la mano puesta delante de los ojos se convierte en sombra.

El terreno parece ser de barro.

Y el volante no responde, las ruedas se atascan en la superficie del fango.

Rodrigo no acierta con las maniobras y el auto se estrella con violencia en el camino de pen­diente. Las puertas se atascan por el golpe recibido.

Prisión aquel auto de puertas cerradas y vidrios fracturados.

Rodrigo violenta el vidrio con el codo.

Alcanza la puerta del lado de la noche.

Intenta abrir la celda.

Tras esfuerzos que la oscuridad prolonga, lo consigue.

Con forzosa lentitud se fuga de aquel amasijo de hierros: las piernas largas primero, enfun­dadas en pantalones oscuros; el torso luego, oculto por una camisa de mangas cortas; final­mente la cara joven, aterida de espanto, de ojos profundos, nariz afilada, labios gruesos (quizás más grueso el superior que el inferior: extraña variación que aporta a su cara un rasgo feminoide).

Una vez fuera del auto intenta reconocer su cuerpo con las manos.

La noche es cerrada.

Nada puede verse.

Ni la palma de la mano puesta delante de los ojos, ya que ésta se convierte en sombra.

 

RODRIGO

Me avisaron.

 

Camina unos pasos y se pierde en la oscuridad. Oímos su voz, evaporada del cuerpo.

 

Abra. Abra. ¿Hay alguien?

 

Oímos el mar, a la izquierda.

 

Tuve un accidente con mi auto y necesitaría un teléfono.

¿Me escucha?

 

Una luz a la distancia.

Se recorta la silueta de Rodrigo.

Alguien lo enfrenta, del otro lado de la puerta, del otro lado de la luz.

 

Disculpe... pero es que...

 

VOZ DE MUJER

Soy tan miserable. Tan infeliz. Sí. No. Pase usted si quiere. Mi nombre es Victoria. Sí. Ese no es mi verdadero nombre. No. Claro. Pase usted si quiere. Pase. Sí. Usted cayó por la pendiente. Lo sé. Con su auto. ¿No? Claro que puede pasar. Mi nombre es Victoria. Recuérdelo. Pase. Sí. Pase usted si quiere. Sabía que vendría. Yo lo sabía.

 

Rodrigo se adelanta y entra en la luz.

La puerta se cierra tras él y la oscuridad reina nuevamente.

 

El mar, a la izquierda.

 

 

 

2

 

El respaldo del sillón oculta la figura de Victoria.

Sólo su brazo desnudo descansa a un costado, tal vez sus cabellos.

Frente a ella está Rodrigo.

 

VICTORIA

Puede usted quedarse. Si quiere.

RODRIGO

Necesito un teléfono.

VICTORIA

Teléfono. ¿Para qué?

RODRIGO

Debo avisar que llego mañana.

VICTORIA

Mañana. ¿Y cómo lo sabe?

RODRIGO

¿Cómo sé qué?

VICTORIA

Que llegará mañana.

RODRIGO

¿Qué clase de pregunta es ésa?

VICTORIA

Llámeme Victoria. Cuando me hable. Llámeme Victoria.

RODRIGO

Dígame dónde puedo encontrar un teléfono.

VICTORIA

Victoria.

RODRIGO

Perdón.

VICTORIA

Perdón, Victoria.

RODRIGO

Perdón, Victoria.

VICTORIA

Teléfono. No creo que encuentre un teléfono. Aquí cerca. Pero si se quedara hoy tal vez. Mañana. Pueda encontrar uno.

RODRIGO

¿Por qué insiste en que me quede... Victoria?

VICTORIA

Así está bien. Eso es: nómbreme.

 

Una pausa.

 

¿Puede alcanzarme ese espejo? Allí. El del rincón.

 

Rodrigo lo hace. Vemos la imagen reflejada de Victoria en el espejo.

 

VICTORIA

Esa que se ve ahí es. No. Tal vez sea otra persona. Dígame. ¿Es Victoria?

RODRIGO

Sí. Es Victoria.

VICTORIA

Claro. Y yo ahora no soy Victoria. Claro que ahora soy otra porque ella es Victoria.

Esa que está enfrente es ahora Victoria. Y yo soy la del cuarto cerrado. Oscuro.

Ella quiere robarme las perlas de mi collar.

La memoria. Ay.

Se rompe el collar.

Ella es la culpable de toda esta oscuridad. La que hunde los cuerpos en el mar.

Ella limpia los cuerpos y los tira en el bote para llevarlos al mar. Tan bellos. Tan frágiles. Blan­cos.

Usted debe pensar.

No sé.

Tal vez sea difícil entender.

Yo tengo.

Un cuarto oscuro. Desde el vientre de mi madre. Mi padre.

Cuando nací mi padre me encerró en un cuarto oscuro. Hasta los nueve años. Las montañas de caca. Los lagos de pis. El agujero de la comida.

Hubo una vez en la que había madre y padre. Ellos dijeron un día: mamá murió.

¿Quiénes fueron ellos? No lo sé. No lo supe nunca. Perdón. Pero es lo que dijeron. No más ma­dre, entonces. Soy a veces muy graciosa. Y hubo oscuridad. Comida en la oscuridad. Ella comía con sus manos. Esa que está allí: Victoria en el espejo comía con sus manos oscuras. Perdón. Yo lo hacía. Mi nombre es Victoria. Y no es mi verdadero nombre. Gracias. Pobre Victoria. Era una pequeña niña. Unas pocas palabras. Y luego no más palabras, y luego no, no, no. Nunca más. Perdón, Rodrigo. Perdón. No recuerdo qué sucedió cuando abrieron la puerta de ese cuarto ce­rrado. Y la luz entró. Nueve años.

No, no, no, no puedo decir más nada de todo esto. Nunca más. Durante mucho tiempo usé anteo­jos oscuros. Negros. Y ella también. ¿O sólo yo? Viví en un lugar lleno de luz después. Un hospi­tal. Paso a paso allí me enseñaron a ser Victoria. Me decían: "Vos sos Victoria. "Gracias, decía yo. Gracias y gracias y gracias, decía yo. Victoria era un bebé. Tuvieron que enseñarle todo. Cómo caminar, usted sabe. Cómo comer. Cómo hacer caca y pis en el baño. Eso no fue malo. Les pegaba, bum, bum, bum. Victoria era una buena chica. Pero era difícil enseñarle las pala­bras. Su boca no andaba bien. Y claro, por supuesto: no había mucho en su cabeza. Ba, ba, ba, da, da, da: decía ella. Y gua gua gua. Tomó años. Victoria sos un ser humano. A veces soy muy graciosa.

 

Una pausa.

 

Retire usted esa mujer de mi vista.

 

Victoria oculta su cara entre las manos. Rodrigo se lleva el espejo.

 

Debe estar cansado. ¿Por qué no se acuesta?

RODRIGO

Gracias.

VICTORIA

Por ahí. Derecho. Encontrará una habitación. A la izquierda. Una cama. Está preparada. Sabía que vendría.

RODRIGO

¿Cómo?

VICTORIA

¿Perdón?

RODRIGO

¿Cómo sabía que vendría?

VICTORIA

¿Me habla a mí?

RODRIGO

Sí.

VICTORIA

Entonces. ¿Se olvidó ya de mi pedido?

RODRIGO

¿Cómo sabía que vendría, Victoria?

VICTORIA

Así es. Mucho mejor. Ahora descanse.

 

Victoria cierra los ojos. Rodrigo se queda observándola un tiempo.

 

Antes de salir del cuarto. La luz. Por favor. Apague la luz.

 

Rodrigo lo hace.

Sale.

 

Así. Así. Como en los buenos tiempos.

 

Oscuridad.

Fuera, a la izquierda, el mar.

 

 

 

3

 

El sillón frente a nosotros. Victoria.

 

VICTORIA

Me pongo talco en la cara para borrar toda huella de vida.

Me pinto con carbón unas ojeras para acentuar una mirada sombría y vacía.

Me pinto los labios de azul pálido.

Me restriego los ojos para que parezcan inyectados en sangre.

Hago tres agujeros en una remera vieja.

Mezclo tintura roja y azafrán para la sangre.

Empapo de sangre los agujeros .

Y el líquido me mancha la remera y corre cuerpo abajo.

Me tiro en la cama con los ojos fijos en el espejo.

Formo espuma con mi saliva y babeo.

Me fascino ante la visión de mi cuerpo agujereado a balazos en el espejo.

La otra persona, un viejo ermitaño que vive cerca del mar, arrastra mi cadáver hasta su ermita.

Él va vestido con harapos y decide que yo no tengo necesidad de ropas y empieza a desnudar mi cuerpo inerte.

Me habla como si todavía estuviese viva.

Retira de la cama mi cuerpo, ahora desnudo, y lo deposita en el suelo.

Me lava.

Me tapona la concha y el culo.

Me sienta en una silla.

Me carga sobre sus hombros y me lleva cerca del mar donde me entierra.

Más tarde regresa, me desentierra y me lleva a la ermita otra vez.

Me masturba y yo puedo tener varios orgasmos.

Ya está.

Ordeno la habitación, coloco el espejo en su rincón y me doy un baño.

Debo estar enamorada de mi cuerpo muerto.

 

Oscuridad.

 

 

 

4

 

El sillón frente a nosotros. Victoria, nuevamente.

 

VICTORIA

Si pudiera hacer eterna esta noche. Tal vez le pida al mar. No debe irse. Debe quedarse. Aquí. Un tiempo más. La luz se lo llevará. No. No. Debe quedarse. Tal vez. Su sexo debe ser enorme y no cabrá en mi boca. No amanecerá. El mar ocultará el sol. Mi parte del mar. Esa. La que yo siem­bro. La que Victoria cuida. No dejará al sol levantarse. Y él se quedará. En la habitación oscura me enseñaron. Puedo manejar la luz y la sombra. Silencio.

Respira. Profundamente. Victoria sabía que vendrías.

Y mi cuerpo su cuerpo.

Dolor.

No habrá sol.

Hasta que yo diga.

Hasta que yo decida.

No habrá. Luz.

 

Una pausa.

 

La belleza es terror domesticado.

 

Oscuridad.

 

 

 

5

 

Rodrigo es vomitado al espacio. Enfrenta a Victoria.

Parece poseído. Su cara está rígida.

Mueca de espanto.

 

VICTORIA

La habitación es tranquila. Debería estar durmiendo plácidamente.

¿Algo lo perturbó?

RODRIGO

Es. Es.

VICTORIA

Tal vez pueda ser esta noche, la luna es nueva. Y el mar, usted sabe. Vaya a descansar, le alcan­zaré un té.

RODRIGO

Debajo de la cama. Rodó hasta mis pies. Y.

VICTORIA

No debe usted hacer caso a los ruidos. La madera, es la humedad. Se hincha y luego se estira. Es como si la casa buscase un espacio diferente. No le preste atención.

RODRIGO

Es que no era madera. Una. Debajo de la cama. Y ese olor.

VICTORIA

Los gatos. Seguro que estuvieron por ahí.

RODRIGO

No. Es un olor más penetrante. Como de.

VICTORIA

Como de carne en descomposición.

 

Una pausa.

 

Recuéstese y haga descansar esa cabeza de una buena vez. El viaje le habrá provocado esas sen­saciones. El accidente. A propósito. ¿Usted olvidó mi pedido?

RODRIGO

¿Su pedido?

VICTORIA

Evidentemente lo olvidó. Qué memoria frágil la suya.

RODRIGO

No puedo recordar nada más que ese olor y esa masa de pelos que rodó desde la cama y fijó los ojos en mi cuerpo sentado.

VICTORIA

Qué fértil imaginación la suya. Me gustaría decir lo mismo de su memoria. Recuerde.

RODRIGO

Basta. ¿Qué intenta?

VICTORIA

Sólo que me llame por mi nombre. Sólo eso. Cuando me hable nómbreme. Tengo temor de desa­parecer.

RODRIGO

¿De qué está hablando?

VICTORIA

Es un miedo normal. Nadie acude a mi casa. Nadie llama a esa puerta. Nadie se acerca a esta profunda pendiente. Y todos aquellos que me han visitado descansan, formando un puente, ocu­pando la tercera parte del mar. Tal vez usted pueda explicarme por qué todos se escapan y aban­donan estas paredes. Tal vez usted pueda devolverme.

RODRIGO

No entiendo.

VICTORIA

Tal vez no sea el momento para que usted entienda.

RODRIGO

¿Qué quiere decir?

VICTORIA

Victoria.

RODRIGO

Victoria.

VICTORIA

Así está mejor. Por lo demás no debe apurarse. Vaya y descanse. Enseguida le llevo un té.

RODRIGO

No insista. No voy a volver a esa habitación.

VICTORIA

¿Cómo puede despreciarme de esa manera?

RODRIGO

¿Despreciarla? ¿Acaso piensa que puedo estar tan loco como para querer hundirme en esa habi­tación? ¿Ahogarme en ese olor?

VICTORIA

No debe ser para tanto. Usted exagera.

RODRIGO

Eso que está allí no me deja mentir.

VICTORIA

Insiste en olvidar.

RODRIGO

Al contrario. No dejo de pensar en lo que hay dentro de esa habitación.

VICTORIA

Me refiero a mi pedido. Lo olvida.

RODRIGO

¿Perdón?

VICTORIA

Nómbreme.

RODRIGO

Usted está loca.

 

Una pausa.

 

VICTORIA

Yo sé quién es usted. Yo lo sé.

RODRIGO

¿De qué está hablando?

VICTORIA

Nómbreme.

RODRIGO

¿De qué está hablando, Victoria?

VICTORIA

Eso es. Así.

RODRIGO

¿De qué está hablando, Victoria?

VICTORIA

Usted está escapando. Y yo lo sé.

 

Una pausa.

 

Fuera, a la izquierda, el mar.

 

 

 

6

 

El sillón. Frente a nosotros, Victoria.

 

VICTORIA

La chimenea había estado encendida toda la noche así que la casa estaba bastante caliente. Me acurruqué junto a él, rodeándolo con el brazo. Estaba profundamente dormido. Se había dormido repitiendo mi nombre. Victoria. Victoria. Aparté la manta, sólo las mitades de nuestros cuerpos estaban cubiertas. Recorrí el suyo con la mano, acariciándolo. Recuerdo que pensé que como era de madrugada, él se despertaría y me abandonaría. Se iría al mar, a formar parte del puente. Me excité enormemente y sentí los latidos de mi corazón. Empecé a sudar. Él seguía durmiendo pro­fundamente. Miré al suelo donde se encontraba nuestra ropa. Mis ojos se clavaron en su corbata. Recuerdo que pensé que ojalá se quedase conmigo para Año Nuevo; lo deseaba tanto si él quería como si no. Alargué el brazo, tomé la corbata, me incorporé y la deslicé por debajo de su cuello. Inmediatamente me senté sobre él a horcajadas y apreté con todas mis fuerzas. Su cuerpo cobró vida de inmediato. En medio del forcejeo nos caímos de la cama. ‘Victo’ dijo él, no pudo recordar mi nombre. Ya no lo recordaba. Apreté más.

 

Una pausa.

 

Dando un impulso con los pies (conmigo encima de él) se arrastró por el piso. Estábamos ya a unos tres metros de la cama, después de haber tirado la mesita de café, el cenicero y algunos va­sos. Ahora tenía su cabeza levantada contra la pared. Como medio minuto después, sentí que sus fuerzas iban cediendo. Sus brazos cayeron pesadamente sobre el piso, me levanté temblando por la tensión y el cansancio, para luego darme cuenta de que empezaba a respirar de nuevo, con inspiraciones roncas. Seguía inconsciente. No sabía qué hacer. Corrí a la cocina y llené un balde con agua. Volví a la sala, lo dejé en el suelo y pensé: "Será mejor que lo ahogue." Lo agarré por las axilas y lo incorporé hasta doblarlo boca abajo apoyado en una silla del comedor. Acerqué el balde y, tomándolo por el pelo, le levanté la cabeza y se la hundí en el balde. Salpiqué todo el piso, pero mantuve su cabeza dentro del balde sin que él ofreciese resistencia. Después de unos cuantos minutos, dejaron de verse las burbujas, así que lo levanté y lo senté en el sillón. De su cabello corto, castaño y enrulado, bajaban chorros de agua. Me senté allí, temblando, intentando pensar con lucidez lo que acababa de hacer. Amanecía. La sala estaba hecha un desastre. Seguí mirándolo y una multitud de ideas me martilleaban la cabeza. Me senté frente al cadáver de aquel joven y me limité a clavar los ojos en él. Fui al baño, abrí las canillas de la bañadera y cuando estuvo casi llena, puse una toalla en la ventana, que no tenía cortina, y volví a la habitación. Me arrodi­llé frente al sillón y atraje el cuerpo hacia mí, echándolo sobre mi hombro derecho. Aga­rrándolo por los muslos, me levanté y lo llevé al baño. Me agaché hasta el borde de la bañadera y lo des­licé en el agua. Le enjaboné la cabeza y el cuerpo con un líquido para lavar platos. Estaba total­mente fláccido y blando. No me fue fácil sacarlo de la bañadera porque la piel mojada no me dejaba agarrarlo bien. Se hundía. Se escapaba como los otros. Lo saqué tirando de las muñecas y lo senté en el inodoro. Lo sequé con una toalla, volví a cargármelo al hombro y lo llevé a mi habi­tación, donde lo estiré en la cama. Me limpié y volví a mirarlo más detenidamente. Tenía el rostro algo descolorido, los ojos entornados, la cara ligeramente hinchada y los labios medio abiertos. Lo di vuelta y recorrí su cuerpo con mis dedos. Todavía estaba caliente. El cabello mojado había dejado una mancha en la almohada. Lo coloqué boca arriba y lo tapé hasta la pera. Me senté a pensar qué podía hacer. Esperaba que después de unas horas alguien llamase a la puerta de mi casa, viendo que él no volvía a la suya. Había perdido todo interés en que pasara conmigo Año Nuevo y mi mente se concentraba en cómo deshacerme de él. Salí de casa y caminé por la playa. Intentaba hallar una respuesta. Pero nadie respondió.

 

Una pausa.

 

No tenía ni idea de qué hacer. Empezaba a sentir los efectos del cansancio. Volví a mi casa. Destapé el cuerpo del joven. Fui al armario y saqué ropa interior y medias, le puse al joven los calzoncillos, la camiseta y las medias y volví a taparlo. Me bañé, me metí en la cama con él, lo acurruqué contra mí abrazándolo y empecé a sacarle los calzoncillos y a explorar su cuerpo por debajo de las sábanas. Comencé a besarlo y deseaba fervientemente que pronunciara mi nombre. Pero lo había olvidado. Además, estaba muerto. Puse su sexo en mi boca, entonces me di cuenta de que su cuerpo estaba frío y me levanté. Lo tomé entre mis brazos, lo estiré en el suelo, lo cubrí con una cortina vieja, me volví a la cama y me quedé dormida al instante.

 

Una pausa.

 

Al día siguiente el joven seguía allí. Lo tumbé en el suelo y manipulé sus extremidades hasta que estuvieron sueltas. Examiné detenida y sistemáticamente todas y cada una de las partes de su cuerpo de pies a cabeza. Decidí levantar algunas tablas del piso y enterrar el cuerpo allí, con ladrillos y arena de la playa. Así lo hice. Debajo de los tablones del suelo hacía mucho frío. Entró la gata y necesité diez minutos para conseguir que saliese. Volví a colocar las tablas. Desgarré su ropa y la tiré a la basura con sus botas. Una semana más tarde, me pregun­taba si su cuerpo ha­bría cambiado o habría empezado a descomponerse. Lo desenterré y saqué de ahí al joven man­chado de tierra, y lo eché en el suelo. Tenía la piel muy sucia. Me desnudé y lo llevé al baño, donde lavé el cuerpo. Casi no había perdido el color y era de un blanco pálido. Tenía las extremi­dades más fláccidas y relajadas que cuando lo maté. Lo saqué de la bañadera y me bañé yo. Llevé al joven todavía mojado a la sala y lo eché sobre el piso. Bajo la luz anaran­jada del sol, su cuerpo me excitó. Me arrodillé junto a él y toqué su piel tensa, húmeda, fría. Me senté a horcajadas y apoyé mi sexo sobre el suyo. Me masturbé. Antes de meterme en la cama, lo colgué por los tobi­llos de la plataforma elevada de madera y así estuvo colgado toda la noche, tocando apenas el piso con los dedos de las manos. Al día siguiente, estando todavía en esta po­sición, me masturbé de nuevo de pie junto a él. Lo descolgué, lo coloqué en el suelo de la cocina y decidí descuarti­zarlo, pero me fue imposible hacer nada que estropeara aquel cuerpo maravilloso.

 

Oscuridad.

 

 

 

7

 

Rodrigo frente a Victoria.

 

 

VICTORIA

Está usted desnudo.

RODRIGO

Así es.

VICTORIA

Ay. Memoria leve. La suya. Nómbreme.

RODRIGO

Victoria.

VICTORIA

Así está mucho mejor. Mucho mejor.

 

Una pausa.

 

Tarda en despejarse.

RODRIGO

¿Cómo dice, Victoria?

VICTORIA

Nada. Sólo que la noche parece no terminar nunca.

RODRIGO

Es verdad, parece no terminar nunca, Victoria.

VICTORIA

Y usted tiene que llegar cuanto antes.

RODRIGO

¿Qué?

VICTORIA

Ay, mi nombre.

RODRIGO

¿Qué quiere decir con que tengo que llegar cuanto antes, Victoria? ¿Adónde?

VICTORIA

¿Acaso no lo sabe? Usted sabe perfectamente su punto de llegada. Y sabe que esta estación no estaba prevista. Sabe que tenía que llegar. Sabe que. Sabe que el tiempo estaba en su contra. Cuando uno huye, el primer enemigo es el tiempo. Por eso no hay que escapar. Sino quedarse. Abandonarse al tiempo.

 

Una pausa.

 

Su sexo es enorme y no cabrá en mi boca.

 

Una pausa.

 

Fundido a negro.

 

 

 

8

 

Victoria frente al espejo.

Vemos su imagen reflejada en él.

Rodrigo lo sostiene por detrás, su cuerpo desnudo velado por el espejo. Su cabeza asoma por arriba, su brazo por el costado, tal vez una pierna.

El cuerpo de Rodrigo parece formar un extraño ser unido a la imagen de Victoria reflejada en el espejo.

 

VICTORIA

Yo soy Victoria.

Y ése no es mi nombre real.

Ahora ella es Victoria.

Ella.

¿Y yo?

No esté triste, Rodrigo. Tiene usted una bella cara. Sus ojos me miran. Sí. Sí. Los puedo ver. Está muy bien. Gracias. Silencio. Nada de preguntas. Usted debe estar preguntándose muchas cosas.

El padre, por ejemplo. El padre de Victoria. El padre terrible que le hizo todas aquellas cosas al pobre cuerpo de Victoria.

La llevaron a un lugar oscuro. Se lo dije. La encerraron y la dejaron allí.

Sí.

Perdón. Soy a veces muy graciosa.

Nueve años dijeron. Nueve años en la oscuridad. Tal vez eso sea un largo tiempo. Las noches son largas. Y yo puedo dormir el sol. Soy nueva cada día. Yo nazco cada mañana, crezco durante el día y muero por las noches cuando me voy a dormir. No es mi culpa. Ella es Victoria. Y yo soy Victoria. ¿Es extraño, no? Que dos personas tengan el mismo nombre. No sé si ése es su verda­dero nombre. Las dos somos Victoria.

Nueve años en la oscuridad. No hay diferencia. No sé nada acerca del tiempo. Eso está mal. Y mi padre volverá. Lo sé. Y tratará de matarme. Gracias. Pero no quiero eso para mí. No, no. No más. Victoria está viva ahora. No todo anda bien en su cabeza, pero vive. Y eso es algo, ¿no? Ahora soy casi una poeta. Todos los días me siento en mi cuarto y escribo un poema. Invento las palabras, como cuando vivía en la oscuridad. Comienzo a recordar cosas. Pretendo estar de nuevo en la oscuridad. Soy la única que comprende lo que esas palabras significan. No pueden ser traducidas. Esos poemas me harán famosa. Sí, sí, sí. Bellos poemas. Tan bellos que el mundo entero romperá en lamentos. Y las palabras son como cuerpos.

Cuerpos que flotan.

Salen de mí.

Proceden de la oscuridad.

Y se ahogan en la luz.

Porque yo puedo armar esos poemas perdida en la oscuridad. Sí. Gracias. Tarde o temprano me iré de las palabras. Todos tenemos tantas palabras dentro. ¿Para qué seguir engrosando las filas de todos aquellos que no pueden guardar silencio?

Las palabras se irán de mí. Como los cuerpos. Que me abandonan. Sí.

Hay allí afuera un mar. Y la tercera parte de esa inmensidad me pertenece.

Estoy construyendo un puente.

Para escapar de las palabras.

Construyo un puente con los cuerpos olvidados. Con las palabras rechazadas.

Gracias. Sí, sí. Le contaba sobre mi padre. Es una buena historia, aún cuando no la entienda. Yo conozco las palabras. A veces soy tan orgullosa de mí misma. Perdón. Mi padre hablaba de Dios. Es una palabra graciosa: Dios. Mi padre quería saber si Dios tenía un lenguaje. Un idioma. No, no me pregunte lo que quiero decir con esto. Mi padre creía que un bebé podría hablar ese idioma si no veía gente. ¿Pero qué bebé sería ése? Claro. Acertó. Por eso tanta noche. Tanta oscuridad. Finalmente Victoria aprendió a decir nada. Da, da, da. Gracias. Victoria guardó dentro suyo sus palabras. Todos esos días esos meses esos años. Victoria sola. Allí en la oscuridad y las palabras hacían ruido en su cabeza y le hacían compañía. Por eso su boca no funcionaba bien. Pobre Vic­toria. Así son sus lágrimas. ¿Ve? La niña que pudo crecer. Que guardó las palabras dentro suyo. Y se hizo poeta. Ahora Victoria puede hablar como toda la gente. Pero tiene aún las otras pala­bras en su cabeza. Ellas pertenecen al idioma de Dios. Y nadie más que Victoria puede hablarlo. Por eso Victoria vive tan cerca de Dios.

Todavía me gusta estar en la oscuridad.

A veces.

Me hace bien.

En la oscuridad hablo la lengua de Dios y nadie puede oírme.

No se enoje.

Gracias.

Pero está en el aire.

Sí.

Aprendí a vivir dentro de él.

El aire y la luz,

sí,

la luz también.

La luz que brilla sobre todas las cosas y las devuelve

a mis ojos

para que yo las vea.

El aire y la luz.

Perdón.

Sí, cuando el tiempo es bueno, me gusta sentarme frente a la ventana abierta y ver el mar. Aque­lla enorme superficie mía. Y observar debajo del agua todas aquellas palabras enterradas. Las palabras que forman el puente. Para que yo alguna vez. Para que Victoria pueda alguna vez es­capar, sobre el agua, por el puente escapar.

Como usted, escapar como usted.

Sí, pisar las palabras, los cuerpos de aquella parte mía del mar.

Escapar pisando fuerte.

Ahogados.

Escapar como usted, Rodrigo, porque usted está escapando. Y quiere usar mi puente. ¿No es verdad? Gracias. Sí. Usted quiere escapar por el puente de Victoria.

Ay.

RODRIGO

No sé de qué habla, Victoria.

VICTORIA

Usted escapa.

RODRIGO

Eso es cierto, Victoria.

VICTORIA

Escapa como Victoria escapa. Y quiere cruzar el mar.

RODRIGO

No podría.

VICTORIA

No olvide la promesa.

RODRIGO

Perdón. No podría cruzar el mar, Victoria.

VICTORIA

¿Por qué?

RODRIGO

Simplemente porque no tengo forma de cruzarlo.

VICTORIA

Victoria.

RODRIGO

Victoria.

VICTORIA

Eso es. Pero usted puede cruzarlo si quiere.

RODRIGO

¿Cómo Victoria?

VICTORIA

Yo puedo ayudarlo. Sólo si usted lo quiere.

RODRIGO

Sí. Cuando salga el sol, Victoria, sí.

VICTORIA

La noche será larga. Una palabra. Es usted una palabra, su cuerpo es una palabra. Y puede usted cruzar el mar ahora, en la oscuridad, con mi ayuda, usted podrá, si quiere, cruzar el mar, sólo tiene que pedirlo, y lo ayudaré.

 

Una pausa.

 

Es usted muy hermoso.

Deje ese espejo allí. Bien. Sí.

Es usted muy hermoso.

Parece una palabra del idioma aprendido en la oscuridad:

una palabra de Dios.

Sí. Su cuerpo es una palabra de Dios.

Y su sexo es enorme y no cabrá en mi boca.

Nómbreme y penétreme.

Sí.

RODRIGO

Victoria.

VICTORIA

Sí.

 

El cuerpo de Rodrigo se aproxima al de Victoria cuando la oscuridad se apodera de ellos.

 

 

 

9

 

Victoria en el sillón, de espaldas.

Su brazo descansa, dormido, a un lado.

Es el único fragmento de su cuerpo que logramos ver.

La palma de la mano abierta: como si algo se hubiese desprendido de ella, dejándola allí, entregada.

Rodrigo está desnudo.

El espejo duplica su desnudez, la vomita. Devuelve el cuerpo desnudo de Rodrigo al espacio, al sueño de Victoria.

 

RODRIGO

La carne se desgarró ante mí. Me abrí paso. Y estaba húmeda y recibió mi sexo y abrió la boca y gimió de placer. Sus ojos reflejaban mi cuerpo desnudo montado sobre ella. Sus piernas eran un puente. Su piel estaba mojada. Y yo sobre ella desgarraba esa carne. Me hundía en su flujo. Adentro está el secreto. Bajo llave. Y yo atravesé las cerraduras con mi sexo. Ella guarda celo­samente sus trofeos en el mar. Allí, en ese mar. Una parte de ese mar le pertenece y está llena de sangre. Construye un puente con los cuerpos. Los cuerpos que ella amó forman un puente en el mar. Y ella intenta cruzar ese puente. Pero debe completar su obra. Ella acomoda los cuerpos. Y arma un puente sobre el mar. Para cruzar el mar. Para escapar. ELLA HABLÓ DE MÍ. Supo que vendría, que escapaba. Que yo escapaba como ella. Ella es una secreta maga oculta en estas paredes. Intenta abrir un camino de hombres amados por ella. Una senda de cuerpos. Cuerpos como palabras dice ella y yo sé que las palabras son las tablas de ese puente. Y yo soy.

 

Una pausa.

 

Victoria para esta mujer que refleja su imagen sobre los espejos y habla con otras mujeres que no son ella.

Yo entré en ella y ahora sé.

Lo que hay que saber.

Dolor.

Pareció desgarrarse de dolor, pero ella sabe acostumbrarse al dolor. Del dolor hace una religión: Prende velas sobre las llagas.

Derrama cera sobre las heridas.

Las cicatrices son cosidas con un hilo grueso.

Y ella construye.

De eso se trata:

de construir.

Ella arma un puente sobre el mar.

Un puente de cuerpos amados.

Un puente de palabras aprendidas en la oscuridad de las habitaciones.

Dice ella saber el idioma de Dios. Y cree ella que los hombres son encarnación de esas palabras divinas, encarnación del Verbo.

Los cuerpos son los ladrillos, las palabras del idioma. El puente sobre el mar. Su fuga.

 

Y yo también escapo de la sangre que derramé.

 

Una pausa.

 

La sangre que derramé.

Mis manos tienen aún el olor de la sangre.

Yo bebí esa sangre.

Soy el autor de esos crímenes espantosos.

La nena pidiendo auxilio bajo el peso de mi cuerpo. Mi sexo entrando en la boca estrecha. Desga­rrando la carne joven de esa nena. La madre en aquella pared, atornillada en el ladrillo. La sierra sobre la piel. El baño de sangre. El semen corriéndose sobre los cuerpos. La mujer observa a su hija desde la pared. Clavada a la pared. Clavada con clavos a la pared. Clavada por mí con cla­vos a la pared. La madre observa desde la pared como yo violo sin descanso a la nena. Y desga­rro su boca pequeña. Sus ojos, los de la madre, intentan cerrarse, pero yo golpeo con el puño esa cara cada vez que entorna los párpados. Con este puño yo estropeo aquella cara. Desfiguro esas facciones. Mientras entro en la boca estrecha desfiguro aquella otra boca clavada con clavos a la pared. Y después riego con mi leche los cuerpos desnudos. Y activo la sierra. Y me lavo las ma­nos. Y la boca empapada. Y los brazos. Saco algunas ropas de la valija y robo el auto. Aviso que estaré de vuelta en casa en pocas horas. Ahí me esperan. Pero la pendiente se cruza en mi camino y el accidente y esta puerta y esta mujer que simula dormir a mi lado en el sillón. Y frente a este espejo. Yo cometí esos crímenes. Él cometió esos crímenes. Yo descubrí el secreto que la mujer dormida guarda en su interior. Soy, ahora, el poseedor del secreto. No sé si los actos que narra el secreto fueron cometidos por mí o por ella. Ella dice desaparecer si no es nombrada. Tal vez haya desaparecido por completo y ahora yo sea ella. Tal vez nombrándola pude haber.

Quizás, entonces, yo sea, ahora.

Un niño oscuro.

Entré en su cuerpo. Y ese idioma aprendido en la infancia es el idioma de Dios.

Yo seré entonces. Un cuerpo en su puente.

Un cuerpo más.

 

Yo no seré un cuerpo más.

 

Ella despierta.

Ella entonces no está fuera de aquí.

Ella sigue siendo Victoria y yo Rodrigo.

 

Una pausa.

 

Después de desgarrar la carne me monté sobre ella.

Y abrí puertas cerradas. Puertas vedadas.

Descerrajé. Hallé el secreto.

Conocí los actos de Victoria. Y yo entonces.

DA, DA, DA.

El idioma de Dios.

 

Fija su mirada en el reflejo del espejo.

Victoria despierta. Su brazo se mueve, lentamente.

 

VICTORIA

La noche parece no terminar nunca.

RODRIGO

¿Perdón?

VICTORIA

Digo que la noche parece no terminar nunca.

RODRIGO

Claro.

 

Lenta oscuridad.

 

 

 

10

 

Dos espejos enfrentados.

Entre las dos superficies, entre los espejos: Rodrigo y Victoria.

 

VICTORIA

Desnudos y borrachos subimos a la plataforma de madera que sostenía la cama. Luego, recuerdo que me subí encima de él, con mis rodillas a cada lado y la nuca contra el techo. Le apretaba el cuello y recuerdo que quería ver mejor qué cara ponía. No tuve la sensación de luchar. Me le­vanté temblando y casi me caigo de la escalera. Encendí las luces de la habitación. Coloqué una silla junto a la escalera y me subí. Aparté las mantas y las sábanas y tiré de sus tobillos hasta que quedó medio colgando de la plataforma. Me subí a la silla y atraje mis brazos a su cuerpo ca­liente, fláccido, desnudo. Bajé de la silla y me vi reflejada en un espejo de cuerpo entero. Me quedé allí, mirándome, con el cuerpo desnudo del chico en los brazos. La cabeza, los brazos y las piernas le colgaban pesadamente y parecía dormido. Yo sentí el calor de su piel en la mía.

RODRIGO

Empecé a sentir una erección y mi corazón se puso a latir rápidamente, me sudaban las axilas. Apoyé sus piernas en el suelo y la agarré de otra forma, cargándome al hombro a la joven sin vida. La bañé, la senté empapada en el inodoro y me bañé yo. Era como para purificarla, y apa­rentemente a mí también. La llevé a la habitación y la senté mojada en la silla, en una de las sillas del comedor. La cabeza cayó hacia atrás. Sequé su cuerpo cuidadosamente con una toalla y en el aire frío podía verse el vapor que emitía.

VICTORIA

Cuando lo movía o lo agarraba en brazos, surgía un profundo suspiro de su garganta. Su pelo seguía mojado. Volví a cargármelo al hombro, lo subí por la escalera y lo tiré en la cama. Le puse sus medias y una camiseta y calzoncillos. Lo tapé bien y me tiré junto a él, desnuda, encima de la cama. Fumé y me serví una copa bien llena. Me puse a llorar. Me metí en la cama y lo acerqué. Le susurraba: "No te preocupés, todo va bien, dormí."

RODRIGO

Entonces exploré su cuerpo fingiendo seducirla. La tenía tan cerca, en mis brazos, que mi pija dura estaba entre sus muslos. Le saqué la bombacha y aparté las sábanas.

VICTORIA

Con una mano le tocaba la pija y con la otra me masturbaba.

RODRIGO

La limpié con una servilleta de papel y me estiré con ella en mis brazos. Recuerdo lo primero que pensé a la mañana: "Esto es ridículo" y aparté de mí su cuerpo frío.

VICTORIA

Lo guardé una semana entera antes de enterrarlo en el mar.

RODRIGO

Al levantarme, la senté desnuda en el armario y me fui a trabajar. En la oficina no pensé para nada en ella, sólo cuando volvía a casa por la tarde. Me puse los jeans, comí y encendí la tele. Abrí el armario.

VICTORIA

Y saqué de ahí el cuerpo. Lo limpié. Lo vestí. Lo senté delante de la tele, en el sillón al lado mío, lo tomé de la mano y le conté cómo había sido mi día, comentando los programas de televisión.

RODRIGO

Después senté el cuerpo en mi sillón y lo abracé para darle confianza.

VICTORIA

Lo puse sobre la mesa y empecé a desnudarlo lentamente. Lo último que le sacaba siempre eran las medias. Lo examiné detenidamente,

RODRIGO

lentamente,

VICTORIA

todas y cada una de las partes de su anatomía, lo di vuelta y repetí la operación.

RODRIGO

Su cuerpo desnudo me fascinaba.

VICTORIA

Recuerdo que me emocionaba tener el control y la posesión absoluta de aquel

RODRIGO

hermoso cuerpo.

VICTORIA

Le acaricié las nalgas y me pareció increíble que no hubiese reacción alguna de su parte.

RODRIGO

Le susurré al oído palabras creyendo que me oía, recorrí su cuerpo con mis dedos, maravillado por su suave belleza.

VICTORIA

Si él estaba vivo, era indiscutible que su pija estaba irrevocablemente muerta. Tan pequeña e insignificante parecía. Lo sostuve de cara a mí, de pie delante del espejo de cuerpo entero

RODRIGO

rodeándola con mis brazos.

VICTORIA

A menudo lo sostenía así, muy cerca, y pensaba que en toda su vida no lo habían apreciado tanto.

RODRIGO

Después de una semana lo metí bajo los tablones.

VICTORIA

En el suelo. Tres días después,

RODRIGO

la volví a sacar.

VICTORIA

Sólo una vez.

RODRIGO

Quería que estuviese allá abajo

VICTORIA

en un lecho de rosas blancas.

 

Se besan largamente.

Oscuridad.

 

 

 

11

 

Rodrigo y Victoria.

Afuera, a la izquierda, el mar.

 

VICTORIA

Estaba escrito. Desde el día en que nací. En las estrellas. Los planetas estaban ubicados así. ¿Ves?

RODRIGO

Puedo ver, sí. Pero, ¿cómo sabías todo esto?

VICTORIA

Mi padre me lo explicó. Una tarde. Después del encierro. Una tarde en el hospital. Me sentó so­bre sus rodillas y me dijo: "Victoria tenés que saberlo todo".

RODRIGO

¿Todo? ¿Y te explicó todo?

VICTORIA

Sí, todo lo que las estrellas dicen sobre mí. Y sobre vos. Mi padre también habló de vos.

RODRIGO

¿Y fue él quien te dijo que construyeras el puente sobre el mar?

VICTORIA

Sí. Pero no me lo pidió, estaba escrito. Yo debía hacerlo. Así como debía vivir en aquella oscura habitación durante nueve años, también debía construir el puente sobre el mar. Con palabras, con encarnaciones del Verbo de Dios.

Y ya es tiempo de terminar.

La última palabra debe ser puesta bajo el mar.

RODRIGO

Y podrás escapar, podrás cruzar el mar.

VICTORIA

No estoy tan segura.

RODRIGO

¿Acaso no está todo escrito?

VICTORIA

Sí. Pero hay otras cosas. Que no puedo revelarte.

RODRIGO

¿Por qué?

VICTORIA

Para que actúes con libertad.

RODRIGO

¿Y qué es lo que hay que realizar?

VICTORIA

Apropiarse del último cuerpo.

Ser dueño de la última palabra.

Y hundirla.

En el mar.

Para completar la obra.

 

Una pausa.

 

Habito un sueño.

No necesito ser nombrada. Ya no me desvanezco.

RODRIGO

¿También eso estaba escrito en las estrellas?

VICTORIA

También eso.

Y por eso sé que estamos cerca del final.

El final de la construcción.

El final de esta noche.

Puedo hacer dormir el sol.

La oscuridad de la infancia me enseñó varias cosas. Y el idioma de Dios me permite dormir el sol.

Hubo un tiempo en que la Luz se hizo por vez primera.

Habrá alguien sobre la Tierra, entonces, que decida poner fin a la Luz .

Alguien hay que podrá teñir en sangre la tercera parte del mar.

Alguien que no oiga las trompetas anunciando el Final.

Alguien que se apodere de la sangre y de la carne.

Alguien, dueño de la única verdad.

RODRIGO

¿Sobre la tierra? ¿En este mundo? Eso pertenece al terreno de los cielos.

VICTORIA

No.

No cuando los cielos se han caído, no cuando los cielos se han cerrado.

Atravesar el puente, sobre el mar.

Sobre el Verbo

sobre los cuerpos.

La sangre, entonces, inundará la Tierra

y el autor del crimen escapará a la otra orilla

a salvo.

Ya es tiempo.

 

Fundido a negro.

 

 

 

12

 

Una luz enceguecedora sobre Rodrigo.

La noche parece haber cedido.

Victoria ha desaparecido.

 

RODRIGO

Ya es tiempo.

El último eslabón de la cadena.

La perla que completa el collar.

El cuerpo sobre la tercera parte del mar.

El puente.

La fuga.

Futura.

 

Una pausa.

 

Llevé el cuerpo a la cocina arrastrándolo hasta colocarlo encima de un plástico.

Preparé un cuenco pequeño de agua, un cuchillo de cocina y unos cuantos pañuelos de papel y bolsas de plástico.

Tuve que tomar un par de copas antes de poder empezar.

Era mi deber.

Pero era duro, de todas formas, era duro.

La desnudé.

Con el cuchillo corté la cabeza.

Saltó muy poca sangre.

Llevé la cabeza a la pileta de la cocina, la lavé y la metí en una bolsa de supermercado,

Luego, corté las manos y los pies.

Los lavé en la pileta y los sequé.

Los envolví en papel de cocina y los metí en bolsas de plástico.

Hice un corte desde el ombligo hasta el esternón.

Extraje los intestinos, el estómago, los riñones y el hígado.

Seguí cortando por el diafragma y saqué el corazón y los pulmones.

Metí todos los órganos en una bolsa de plástico.

Luego separé la mitad superior del cuerpo de la mitad inferior.

Separé los brazos y luego las piernas desde debajo de la rodilla.

Coloqué las mitades en bolsas de plástico grandes de color negro.

Metí el tórax y las costillas en una bolsa grande y los muslos y las nalgas en otra.

Algunas partes del cuerpo estaban cubiertas de gusanos.

Les tiré sal y los separé con un cepillo.

El cuerpo estaba macilento.

 

Una pausa.

 

Me entraron unas violentas ganas de vomitar.

 

Una pausa.

 

Para llevar a cabo esta disección utilicé únicamente un cuchillo de cocina; ni sierras, ni instru­mentos mecánicos.

Después, escuché música.

 

Una pausa.

 

Llevé todas las bolsas hasta el mar.

Las hundí.

En aquella tercera parte que pertenecía a Victoria.

El cuerpo de Victoria.

La última palabra.

El puente está terminado.

Ahora podré escapar.

Y estaré a salvo

en la otra orilla.

 

La luz es enceguecedora.

La figura de Rodrigo se pierde en la inmensidad de la luz.

 

 

 

BUENOS AIRES,

NOVIEMBRE - DICIEMBRE DE 1994,

OCTUBRE DE 1996.