-III-
Historia de perro
Un hombre y una mujer sentados sobre un banco... ella, visiblemente ama de
casa, cincuentona. El, traje usado, viejo, sombrero de artista, un poco más de
treinta años. En su bolsillo derecho sobresale una foto, también de su
bolsillo izquierdo. La obra se desarrolla en una plaza, en Chile, seguramente.
(Si no es el caso, el director verá de cambiar la fecha ya que se trata de una
fecha referente histórico.) Los personajes están cada uno en su propio mundo.
El hombre
- ¿Y de qué dijo que se murió?
La mujer
- Qué se yo... yo no he dicho nada, sabe...
El hombre
- Ah bueno, pues discúlpeme...no sé. Aveces me sucede... En todo caso yo
sí que sé de qué me voy a morir: de una trombosis del cerebro, claro.
La mujer
- Ya, no exagere... Si tan grave no es pues... En todo caso a mí Cesar me
dijo que se había muerto de amor... (Ríe.) ¡Hay que ser bien tonto
para decir cosas así, no!
El hombre
- Ya sabe usted, ñora... dicen que suele pasar... pasan tantas cosas... que
uno no sabe, verdadero o falso, a nadie le importa... pasan no más...
La mujer
- ¿Entonces usted cree que uno se puede morir de amor?
El hombre
- Y por qué no después de todo uno se puede morir de hambre, de cansancio,
de dolor... ¿Por qué no se podría morir de amor pues?
La mujer
- ¡Oiga, pero esos son cuentos de abuelas! No, morir de amor... eso se lo
creían nuestras abuelas no más... pero hoy en día... claro hoy en día,
basta con mirar el noticiero y ahí no más una se da cuenta que de amor,
no, de amor, señor, no se puede una morir, de amor!
El hombre
- Usted quizás, ñora, pero la mayoría de la gente... sabe, es como con
los perros (La señora se asombra.)... Sabe, esos perros que se
mueren cuando el amo se aleja, cuando desaparece, cuando... desaparece así
no más y patatán el perro se muere... ¡Sí, claro, parece que sucede así
no más!
La mujer
- ¡No me diga!? ¿Oiga, pero está seguro usted de lo que está diciendo?
El hombre
- Mire, ñora, para estar seguro lo estoy... por ejemplo, no me gusta hablar
de mí, pero por ejemplo... Por ejemplo, yo, mi perro se murió allá por el
73... (Se vuelve melancólico.)
La mujer
El hombre
- Y nada pues... se murió de pura pena no más... es como morirse de
amor... pero para un perro se dice "morirse de pena" porque, ya ve
usted, ñora, no se puede decir de un animal que siente amor...
La mujer
- ¿Y entonces el pobre se murió de pena?
El hombre
- Sí claro de pena, de pena o de amor... ¿Después de todo que prueba
tenemos de que un perro no sienta amor...? ¿Cierto?
La mujer
- La pura verdad no más pues, señor, ¿Sabe lo que creo yo? que los
animales aman de verdad...
El hombre
- Qué se yo, de todas maneras se murió no más... era un macho, uno de
esos quiltros de la calle. ¡Pucha qué era inteligente! Todavía lo veo
ahí en el jardín... queriendo morder a los milicos...
La mujer
El hombre
- No, para nada, se las daba de malo no más... pero cuando los milicos
apuntaron con su fusil... sabe... eso sí que es extraño pues... ahí mismo
no más se meó y se arrastró hasta la casucha... y no salió más...
La mujer
El hombre
- No... cuando se fueron salió y se puso a ladrar como loco... se las daba
de malo pues..
La mujer
- Perro que ladra no muerde....
El hombre
- Sí... así no más es... en el fondo los perros son igualitos a los
humanos... ¿No cree usted?
La mujer
- Entonces de verdad se murió de pena y de amor... ¡Pobrecito!
El hombre
- Era un perro blanco... blanco, tan blanco que ahí uno no más pensaba en
la inocencia... se llamaba "Palomar"...
La mujer
- (Ríe) Disculpe, me río de puros nervios no más... es que,
confiese usted que "Palomar" es un nombre bastante extraño para
un perro, ¿no?
El hombre
- (Sonríe.) Claro... un perro llamado "Palomar"... (Ríe.)
¡Qué nombre más extraño! (Triste.) Un
verdadero palomar... como nosotros... en el fondo somos todos palomas del
palomar...
La mujer
- (Molesta, cambia la conversación.) ¿Y se murió de amor? ¿ O sea
de pena, qué se yo?
El hombre
- Sí... de amor, de pena, de rabia... tiene que haberse sentido más paloma
del palomar que nunca jamás... paloma sin entender... supongo que cuando se
murió se voló como una paloma... pero le aseguro... nosotros nada tuvimos
que ver en su muerte... No, nada... en fin, no creo...
La mujer
El hombre
- Un día se murió no más... y nada más... Lo encontraron por la mañana,
ahí, en el patio de la casa vieja... tieso en su blancura, tenía los ojos
abiertos, vidriosos... inflados: estaba muerto...
La mujer
El hombre
La mujer
El hombre
- Oh el que vivía ahí en ese momento...
La mujer
- ¿Y usted ya no vivía ahí?
El hombre
- (Molesto, no responde.) Un día recibo una carta...Era una carta de
Nicolás, de 1973... Fines de 1973... el día exacto ya no me acuerdo...
decía... No, (se recuerda) no no era una carta... (cierra sus ojos
como para ver en su mente el objeto) una tarjeta postal... eso es ...Sí,
una tarjeta postal... un ascensor... detrás vista al mar... casa viejas...
ropa tendida colgando de alambres cerca de las ventanas... cielo azul... (abre
los ojos.) Verano, seguro. En fin... saco la tarjeta postal... No la
abro puesto que es una tarjeta postal... Miro de reojo la firma... siempre
hago eso cuando leo una tarjeta postal... Así sé quién me la manda...
porque no hay sobre... si hay sobre entonces lo doy vuelta para leer el
nombre... Aunque los hay que aveces ponen el remitente adelante... en la
esquina izquierda del sobre, arriba... entonces claro... no necesito darlo
vuel...
La mujer
- ¿Oiga, pero qué decía la carta?
El hombre
- No, no. No era una carta. Una tarjeta postal... con un ascensor...
La mujer
- ¿Pero qué decía la famosa tarjeta, pues?
El hombre
- Oh nada muy contundente... no se puede escribir mucho en una tarjeta
postal sobre todo si uno la echa al correo sin sobre...
La mujer
- ¡Oh señor... ¿Pero que decía?
El hombre
- Nada. Tan sólo: "El Palomar se murió hace una semana".
La mujer
- ¿Oiga pero no decía de qué se había muerto?
El hombre
- No. Pero yo al Nicolás lo conozco... es un buen gallo, el Nicolás... no
me quiso contar la causa para que no me sintiera culpable... nada más...
La mujer
- ¿Y usted se siente culpable?
El hombre
- Sí. Sí, claro, de alguna manera yo era el culpable de la muerte del
Palomar... ¿se ha dado usted cuenta que en lo que de la muerte se trata
siempre hay un culpable?
La mujer
- No siempre, señor, no siempre... cuando uno se muere de muerte natural,
por ejemplo, ahí sí que no existe un culpable.
El hombre
- Eso sí que ya no pasa muy a menudo... ¿Hoy en día quién se muere de
muerte natural??
La mujer
- Eso sí que es verdad... ¡Siempre uno muere de algo o por algo!
El hombre
La mujer
- Entonces usted lleva en la conciencia la muerte de su perro...
El hombre
- De mi amigo de infancia... claro...(Muy bajo.) pero, no, quizás
no...
La mujer
El hombre
- Lo veo todavía... pero en mi mente aún no ha muerto...
La mujer
El hombre
- No... no lo enterré así es que es como si no estuviera muerto...
La mujer
El hombre
La mujer
El hombre
- Claro... (Saca una foto del bolsillo izquierdo.) yo estaba pequeño
(muestra.) él tenía 7 años... era en 1971.
La mujer
- Oiga, pero entonces... ya estaba viejo... yo creo que se murió de
vejez... ¿No?
El hombre
- No. De pena... ¡Sabe, parece que muchos perros murieron en esos tiempos!
La mujer
- (Muy molesta y nerviosa.) Bueno, bueno, tanto hablar, tanto hablar.
¡Todavía me quedan muchas cosas por hacer! ¡Bueno hasta la próxima,
señor! ¡Y no se ponga tan triste, después de todo sólo era un perro!
(La mujer se va, el hombre se queda solo sentado sobre el banco. Un tiempo
largo. Mira su reloj. Un tiempo. Mira de nuevo la foto. Luego la acaricia con la
mano. La vuelve a poner en su bolsillo derecho. Saca la otra foto ,la deja caer,
no se distingue la imagen. La mira de lejos, luego se endereza, mira hacia la
lejanía. Se queda así, con la mirada perdida, por lo menos dos minutos).
FIN