Tebanas
De Jerónimo Casas
Vísperas de la primavera en Tebas. Terraza del palacio. Una fuente, donde hacen libaciones y ritos. Oscuridad. Un chispazo enciende una antorcha. Ilumina el cuerpo de Yocasta que inicia una especie de ritual. De espaldas, es notablemente joven, de frente, un rostro demacrado por la vejez. Su pelo, largo, muy largo, es oscuro, con algunas canas.
Yocasta: - ¡Ay, madre y mujer! En otro tiempo reinabas, elevándote desnuda en el seno de la oscuridad. Danzante sobre las aguas. Reflejabas tu bello y pálido rostro. Las olas acarician tu imagen. (Acerca su rostro a la fuente.) Estrellas, pedazos de tu cuerpo, nacidas para cuidar de tu vida, de tu belleza. Ignorándote cuando aquél poderoso ser manifestado en sol, escondido entre relámpagos y truenos, mugiendo como el toro, rugiendo como el león, tocándote con sus rayos transformó tu danza en una danza histérica y frenética. Silbando como una serpiente abusó de tu cuerpo, llenó con fuego tu vientre, secó tus entrañas. (Las lágrimas de Yocasta gotean en la fuente.) Se alejó, bramando como un carnero huérfano en una noche oscura. Desgarrada. Sola, llorando en la oscuridad. (Pausa.) ¡Rayo, fuente de vida, fuego y destrucción, matar hombres y bestias, calcinar campos y bosques! Abrázame con tus llamas para que este cuerpo incestuoso se extinga. (Acerca la antorcha a su rostro.) No ver más la luz... Parir hijos. Verlos, morir en la guerra, desaparecer. Un poder cegador los arroja al infierno. (La antorcha se le cae de las manos. La escena queda en penumbras. El contorno de los cuerpos.) Tu hijo, pequeño fruto de una noche violenta. Raptado de tu seno y entregado a manos extranjeras. ¡Ay sepulcro de madre herida por un rayo! ¿Por qué debemos ser tan desgraciadas? Lo extirparon de tu vientre, herida por el fuego sagrado. Al mío lo extirparon de mi vientre y.. ¡Sémele, has muerto por tu hijo, has muerto por Dionisio! No soy capaz de morir por el mío. (Sumerge la cabeza en la fuente. Unos momentos. Saca la cabeza, agitada. Tose.)
Ismena: - (Desde lejos. Con voz de hombre.) ¡Mamá!
Yocasta: - ¡Espera unos segundos que allí estaré! (Pausa.) ¿Estás vivo, o es acaso esta imaginación enferma la que escucha tus palabras? ¿Por qué me llamas así? (Pausa.) No puedo mirarte, con ojos de mujer sedienta de tu cuerpo. ¿No podrás mirarme con ojos de hombre? (Pausa.) ¿Tus ojos? Dos espejos en donde me veía desnuda. Danzante, bebía tu mirada. Acércate... (Pausa.) Dame tus labios. Quiero morderlos, como una fruta madura de esta primavera que no llega. Tu lengua... Tu cara, tu cuerpo. (Pausa.) No, no te acerques. ¿La sangre recorre tu barba? Como serpiente que surca la hierba, como ríos histéricos. Tu rostro... ¡No quiero ver tu cuerpo! Contraído por el dolor. (Pausa.) Quiero sentir... tus fuertes brazos, rudos y cariñosos. Tus piernas rígidas y dóciles que aprisionaban mi cuerpo al tuyo. (Pausa.) Te alejaron de mí cuando niño y a mí volviste convertido en hombre. ¡Quiero flagelar mi cuerpo, extirpar mis ojos! Soy culpable de tu horrendo destino, tu vida transformada en martirio, te ignoran como a un leproso. Eres el rey, aunque el pueblo no lo acepte. (Pausa.) ¡Clava un arma en este pecho que apenas pudo alimentarte! Que no exprimiste como hijo y sí mordiste como esposo. ¡Los desnudaré! Recórrelos una vez más, con un arma, con tus manos, con tus labios, con tu lengua. ¡Ahórcame! Acá está mi cuello que no olvida tus besos. Las caricias, tus jadeos, los suspiros. ¡Patea en este vientre que albergó al marido y a los hijos. (Pausa.) ¡Basta! (Grita de dolor, se vacía los ojos.) Nuestros ojos, culpables. ¡Sentirnos! ¡Frotarnos, que nuestros cuerpos decidan! ¡Respirarnos! Uno cerca del otro. (Pausa.) ¿Cómo explicar la verdad? Nuestros cuerpos sabrán qué queremos. Buscarnos en esta oscuridad. ¡Apoya tu cabeza en mi pecho, rodéame con tus brazos y mi cuerpo será maternal! ¡O será mujer buscando tu carne, buscando tus jadeos, buscando fundirse con tu piel! Quiero tenerte dentro de mí, sentirte... (Pausa.) ¿Estás ahí? No escucho tu respiración. ¿Me has abandonado para siempre? (Pausa.) Acércate, quiero saber cómo sigue esta historia. (Su cabeza se mueve, tratando de percibir la voz.) ¡Te mataron! (Se lleva las manos al rostro. Llora sin lágrimas. Después, que el llanto termina, busca una de las alfileres y se las lleva al cuello.) Seguiré tus pasos...
Ismena: - ¡Mamá! (La voz se le afina.) ¿Mamá?
Yocasta: - (Sobresaltada.) ¿Tu voz, que le pasó a tu voz?
Ismena: - Siempre tuve este vozarrón para llamarte. ¿En dónde estás? (Enciende una entorcha. Penumbras en la escena.)
Yocasta : - ¿Hay alguien más?
Ismena: - Nadie.
(Se escuchan los pasos de Antígona, discontinuos. Ismena apaga la antorcha.)
Yocasta: - ¿Es él? Acá estoy...
Ismena: - ¡Mamá! Cállate.
Antígona: - ¡Oh dios de las vendimias, despierta de tu letargo e ilumina esta fría región con tus rayos! Aniquila las tinieblas. Alúmbranos de día con los dorados rayos que tu padre, el sol, te ha dejado como herencia, o con el esplendor que tu madre, la luna, te ha legado con su muerte. Vuelve a dividir la jornada, en día y noche. Que cada cual gobierne a su manera, por el bien de la Justicia, encontrar la verdad. ¿Acaso ésta es la sombra de los racimos de la vid que llevas en tu cabeza? ¿La sombra que das a los enamorados? (Pausa.) ¡Qué vuelva ya la luz! Un poco al menos, para ver las casas desoladas por la peste voraz. Los estragos de esta apestada noche. El agua abandonó a los ríos, se ha secado la fuente. Ni una estrella brilla, ni la noche es despejada. Una niebla pesada y sombría pesa sobre las tierras. Este mal ha secado los ojos, estamos en el límite del sufrimiento, se han acabado hasta las lágrimas. Roban el fuego de los muertos, para incinerar a otros muertos. Falta tierra para enterrarlos.
Yocasta: - ¿Quién anda?
Ismena: - Déjala.
Antígona: - Nos olvidaste, castigándonos con tu ausencia. Abandonados, privados de la verdad, en estas tinieblas, en esta oscuridad, los hombres son más perversos. ¡Regresa! Demasiados males suceden. Todos perturbados, cometen asesinatos, asolan ciudades. Violan, roban a los peregrinos, traicionan a sus hermanos. (Pausa.) ¿Vivirán para siempre en la oscuridad, jamás serán juzgados? Tememos, a su corrupción. Vivimos lejos de la verdad.
(Antígona se aleja por el lado contrario.)
Yocasta : - ¿Adónde vas?
Ismena: - Déjala, no irá a ningún lado. (Pausa.) (Enciende la antorcha nuevamente.) No hace más que perder tiempo hablando con quienes no existen, murmurando plegarias a quienes nunca existieron, fueron siempre creados para explicar cosas... Pero son eso, puro cuento. (Pausa.) Cuando la gente no entiende hay que inventar.
Yocasta: - ¡Ismena!
Ismena: - ¡Llámame hija! (Pausa.) Aunque quieras ser mujer, eres madre, esa es tu desgracia, ese es tu deber. ¡Cuánto quisieras salir corriendo! Como las que han salido de sus casas para entregarse a las orgías, errantes por los montes, aprovechando la confusión... Adorando a Dionisio. ¡Deberían ser arrojadas a las cárceles, por traicionar a sus maridos, atadas de manos, o ser quemadas en los mismos montes, en donde cometen sus pecados. (Busca a Yocasta con la antorcha.) ¡Qué se consuman en el fuego! Blasfemas, embriagadas con el jugo de las uvas, luego predicen el futuro, haciéndonos perder la razón. Profetizan examinando las entrañas de las víctimas sacrificadas. Ocultan los cadáveres en los bosques. Allí ya no se puede ir, porque los gritos de la muerte están impregnados en cada hoja de cada árbol, tantas hojas como muertos. (Pausa.) Siguiendo a ese afeminado extranjero. ¡Debería haber sido lapidado por el pueblo! Sólo buscaba pervertir a la ciudad. Abriéndoles el cerebro y haciéndoles tragar los sesos. Despedazaban, hervían trozos escogidos de carnes. Las cabezas y las manos ensangrentadas, servidas sobre una fuente, comer de buena gana, matar mientras se duerme, cocinar el cadáver. Azotando a un niño en lo alto de un altar, hasta que el altar huela fuertemente a sangre. (Pausa.) ¿Qué es esto de tener un palo en la mano, y en la punta la cabeza de un hombre como trofeo de guerra? (Arroja al suelo un palo con estas características.) No creo en estas leyes, son de la época en que las mujeres reinaban. No quiero adorar a extranjeros, ni a dioses asesinos...
Yocasta: - ¡Déjalas que festejen! Perdieron demasiado. El festejo les hará olvidar, no pensar. La ciudad, conmovida por la desgracia de la peste, los campos están secos, los rebaños están muertos, los niños no tienen leche para beber, los senos de sus madres están secos. Las cunas transformadas en tumbas.
(La luz aumenta lentamente. Antígona vuelve con los mismos pasos discontinuos. Lleva un ramo de ramas secas.)
Yocasta: - Ahora sí, ¿es él? ¡Acá! Distingo tus pasos en esta oscuridad. Te siento muy cerca.
Ismena: - Ya no volverá.
Antígona: - Apenas un poco sobre algunas nubes rotas y grises, llegará el día en que el claro cielo será nuestra única bandera, el sol, la verdad y la justicia, nuestro único rey. (Se detiene repentinamente. Mira el suelo. Descubre un charco. Se mira en él. Comienza a golpear sus mejillas, produciendo un sonido seco, como de tambores. Entona un ditirambo.)
Hojas secas.
Ramas muertas.
No quiero caminar
sobre el crujiente suelo
miedo a caminar
sobre apestados
cuerpos
Muertos.
Voces lastiman mis oídos.
Gargantas secas.
Palabras muertas.
Crujen huesos.
Bajo mis huellas.
En un charco.
Tu mirada.
No me mires así.
Mi rostro en el suelo.
Sucia.
Congelada sangre.
¡Resucitarás, vencerás esta angustia!
Serás devuelto a la vida.
Nacido por segunda vez.
(Deposita solemnemente las ramas en la fuente.)
Ahora, jugaré.
(Se va.)
Ismena: - ¿Por qué es tan infeliz? De un lado a otro. Apenas nos escucha. (Pausa.) Esta luz debe gobernarnos, han logrado sobreponerse, no estaremos más ciegas. (Apaga la antorcha.) No será necesaria. (Pausa.) Edipo, ha sido encarcelado. Sólo queda ejecutarlo.
Yocasta: - (De espaldas a Ismena. Se peina y retoca el pelo constantemente.) ¡No! (Pausa.) ¿Ha salido el sol? (Pausa.) Alumbra con tus rayos, libera a los inocentes del encierro, dirige nuestros caminos... Tengo miedo, cualquier presencia puede ser enemiga a nuestra fortuna.
Ismena: - No exageres. ¿Fortuna?
Yocasta: - Yo, la hija de... la hermana de... ¿Mi hermano? Tengo un hermano, tiene voz de príncipe. Sólo eso.
Ismena: - ¡Mamá! No empieces a lucir tus parentescos.
Yocasta: - Debo volver al pasado, comenzar de nuevo. Desde el principio, desde el momento en que en estas tierras existía el sol. (Pausa.) (Voz de relato.) Cuando nuestros ancestros desembarcaron acá, está tierra fue... (Abatida.) Ya no recuerdo... Quiero volver a las raíces, para explicar... Para ordenar, nuestra historia...
Ismena: - ¿Explicar qué? Ha vuelto el orden. Toda nuestra historia está ordenada. (Pausa.) ¿Qué hacías acá afuera?
Yocasta: - Busco al sol. Sin él, nuestras raíces, nuestra sangre se marchita.
Ismena: - El sol las marchita. (Pausa.) ¿Raíces? ¿Plantas? (Pausa.) ¡Mamá!
Yocasta: - No es el sol, es el viento.
Ismena: - (Ríe.) Falsa poesía. ¿Qué quieres decir? ¿Sol? ¿Viento? ¿Qué es lo qué está marchito? (Pausa.) Tu hija, está... ¿Raíces? ¿Frutos?
Yocasta: - No lo digas... (Pausa.) ¡Sol, si hubieses secado en mi juventud este vientre, mis tripas para siempre, quedar estéril, ser sólo mujer, no parir monstruos devoradores de sus propios hermanos.
Ismena: - Si hubieses sido sincera desde el principio... ¿Me desprecias?
Yocasta: - No pude ser sincera siendo reina... Ahora...
Ismena: - ¡Mataste a nuestro padre! (Pausa.) Te amaba y encontró la muerte cuando salió a cazar para ti.
Yocasta: - No quería tenerlo cerca.
Ismena: - Murió por tu culpa, su vida fue una eterna lucha.
Yocasta: - Llegaba borracho a la cama.
Ismena: - Era un hombre intachable, el padre de la patria, dueño de nuestros destinos, él y su poder...
Yocasta: - Descansa con los gusanos. Era atroz... Perverso. Todo en aquél ser estaba podrido en vida. ¿Qué será de los gusanos? Ni siquiera tendrán un buen hígado para comer.
Ismena: - Era capaz de hablarle a las piedras, persuadirlas. Conmoverlas, llevarían a cabo su pedido. Estaba en gracia con los dioses, y los dioses estaban felices de él, erigió altares, construyó monumentos, descubrió... (Piensa.) Cosas, que nuestro pueblo jamás olvidará... Pero... después... los dioses mal agradecidos, le dieron las espaldas... él se cruzó en su camino. (Pausa.) No se para qué te cuento tantas cosas. No hay caso. No eras merecedora ni siquiera de su mirada, su...
Yocasta: - Su aliento... Su cuerpo arrugado, su cara pálida.
Ismena: - Estaba fatigado. No es fácil gobernar.
Yocasta: - Babeaba encima de mí. Su cuerpo arrugado, sus piernas como ramas muertas, su tronco estaba podrido, su fruta estaba seca... Me pedía que me vista de suaves sedas, para después destrozar mis vestidos... Mi cuerpo, suave, el suyo, áspero, mi piel llena de marcas... (Pausa.) Merecía la fuerza de un toro, no la brutalidad de un hombre tullido por la borrachera, su voz cascada, ebria... ¨hagamoslo, tengamos un hijo, hagamos al príncipe del mundo.
Ismena: - ¡Querías envenenarlo! ¿Por qué no fuiste capaz de amarlo? De darnos un padre... (Pausa.)
Yocasta: - Sólo quería que tome unas copas más.
Ismena: - Una víbora vivía a su lado queriendo soltar su veneno. Él, lleno de espanto, el espanto de no poder amarte. Eres culpable de nuestras desgracias.
Yocasta: - Ismena, el no es tu...
Ismena: - No lo digas... (Pausa.) ¿Qué es? ¿Ahora? ¿Qué esperas? Mamá, ¿Te recuerdo a él? (Pausa.) Por eso me desprecian. ¿Cómo se llama eso que mató a mi padre, para después casarse con mi madre y gobernar? Traidor. Usurpador. Se levantó contra él, por su orgullo lo mató... y ¿Quién era él comparado con el padre de la patria? ¿Un fugitivo? Un simple caminante, errante de otro país. ¿De qué y para qué? ¿Por qué escapaba de su patria? ¿Por qué debía perturbar la armonía de esta? ¿Qué derecho tenía de gobernar? De obligarnos, de ejercer sobre nosotros...
Yocasta: - Tenía miedo, su padre tenía que morir a causa de sus manos. Estuvo sin un país fijo, sin temores, completamente libre, vino a parar a un trono.
Ismena: - ¡Sus asesinas manos! Por no matar al suyo mató al mío. Si hubiese matado al suyo... Él debería llevar todas las desgracias. Merecería ser castigado, revolcándose en el lecho de su madre, no en el lecho de la mía. Por asesino, recibió un premio y no un castigo... Entre las ruinas de la ciudad, entre montones de gente muerta. Encarceló a Creonte, culpándolo de asesinato, de conspirador. Tendría que ser devorado por el pueblo. Por culpa de él padecimos las pestes. Sacrificado a flechazos, apedreado contra los muros. Ser quemado vivo.
Yocasta: - Él es un héroe.
Ismena: - Los héroes no son asesinos.
Yocasta: - Todos lo héroes son bestiales y humanos. Poseen dos personalidades... ¿De dónde sacaste tanta información?
Ismena: - Mató a nuestro rey, a nuestro padre, a tu marido, nuestra historia manchada por la sangre de un extranjero, que toma a mi madre, la reina, como esposa, y se revuelca en su cama, mientras ella tiene cuatro niños, dos niños y dos niñas, que no sabían nada de lo que sucedía a su alrededor. (Pausa.) ¿Qué es la infancia mamá? ¿Humedad? ¿Hablar a las paredes? Llorar en los rincones... (Pausa.) Revolcándose por poder, por ciego poder, los gritos llegaban allá abajo, los jadeos... Tus risas, las de él... (Pausa.) Nos obligabas a llamarlo papá.
(Yocasta intenta irse.)
Ismena: - ¿Adónde vas? No puedes escaparte... Tengo órdenes...
Yocasta: - ¿Puedes verlo?
Ismena: - ¿Qué es lo que debo ver?
Yocasta: - A.. (Temblorosa.) A él.
Ismena: - Yo sí, pero el no a mí, se vacío los ojos. ¡Cobarde! Miedo de enfrentarse al mundo, por no poder erradicar una peste. No pudo soportar tener de espaldas a su oprimido pueblo No quería ver como el pueblo es la nueva víctima de su terrible homicidio. (Pausa.) La peste nos invadió porque el asesino de mi padre estaba entre nosotros, y.. ¿Quién era? Casualmente el nuevo rey, que roba los nidos que no le pertenecen acostándose con la mujer de su víctima... (Pausa.) Mamá. ¿Tienes ganas de ordenar la historia? Ya está, el orden ha vuelto.
(Simula una caminata, cojea.)
Yocasta: - ¿Está a mi lado?
Ismena: - (Riendo.) ¡Qué su asqueroso olor te lo diga! (Pausa.)
Yocasta: - ¿Esta cerca?
Ismena: - ¡Qué tu cuerpo incestuoso lo busque!
Yocasta: - ¡Amor!
Ismena: - No lo llames, estoy harta de ver desagradables espectáculos delante de mis ojos, no quiero ver como la ceguera lo hace más animal.
(Se enciende otro cenital, da sobre Antígona, está jugando con un muñeco en el suelo.)
Antígona: - (Improvisa una canción de cuna.) ¡No, jamás dejaré que te roben manos extranjeras! Yo misma te incubé y lavé tu sangre con mis lágrimas, te lloré cuando tu pequeño cuerpo salía de entre mis piernas. Lágrimas de felicidad y de dolor lavaron el velo amarillento que recubría tu cuerpo, el velo que traías de mi mundo interior, el velo que te separaba de este mundo. El aire ácido secó tus lágrimas. Te amaré, no dejaré que nada, ni nadie te corrompa... (Pausa.) (Incorporándose, acerca el muñeco a su cuerpo y le enseña:) Entre las tinieblas, la ciudad por la cual correrás algún día. Yo, desde este palacio cuidaré, ninguna piedra dañará tus hermosos pies. Esperaremos acá a tu padre, a Hemón. Llámalo papa, yo lo llamaré: Mi amor, mi dulce amor, cazador de mi corazón. (Pausa.) Tus brazos, tienes los brazos de tu padre, fuertes, robustos, ¡Tu mirada, es la mía! Tus piernas. (Llena de felicidad, sorprendida.) ¡Tienes las piernas de tu padre! Podrás correr por todas partes, durante toda tu infancia, serás libre. (Pausa.) Mira... La ciudad está vacía, sólo se ve el esplendor de las doradas edificaciones, los mármoles de las estatuas, esculpidas con las manos de la adoración a Dionisio, adorado por el pueblo, cantado por la poesía, esculpido por el arte. (Pausa.) Sólo falta un poco de sol hijo mío, el sol que acostumbraba reflejar en las aguas de aquella fuente su esplendor. (Pausa.) ¡Cuándo todo esto termine, seré la madre más feliz del universo, seré tu esposa Hemón! Mi cuerpo sólo será tuyo.
Ismena: - ¿Por qué pariste hijos tan infelices?
Yocasta: - ¿Está a mi lado? Dímelo, por favor. No percibo su aliento, no siento el calor de su cuerpo, me siento débil y fría. (Yocasta se revuelca en el suelo como una gata en celo.)
Ismena: - Le prohibieron que te vea.
Yocasta : - ¿Quién lo hizo? (Pausa.) ¿Qué es lo que quieren? (Desesperada, va hasta uno de los bordes.) Demasiado tiempo estuvimos separados. Aquél viejo nos separó cuando apenas tenía unos días. Lo colgó de un árbol clavándole sus tobillos. (Pausa.) Ni siquiera tuvo el valor de matarlo... Ahora... (Está en la cornisa.)
Ismena: - (Ismena la toma por detrás, la vuelve hasta el medio de la escena.) Mamá, deliras, siempre dices cosas incongruentes, en espacio y tiempo, lugar y circunstancias... ¿Colgados de los tobillos? ¿Quién?
Yocasta: - Olvídalo, no tiene importancia, sólo quiero que sepas que él no es culpable. (Pausa.) Para nada sirven las explicaciones.
Ismena: - Con tal de tenerlo entre tus piernas, eres capaz de perdonarlo... Haciéndonos creer quién sabe qué... Un buen Jefe debe tener siempre los medios para que su pueblo viva en armonía. No agregar nuevos problemas. (Pausa.) Mira que tonta que es tu hija, está tirada, jugando con su muñequito, olvidándose de todo, creyendo que formar un hogar es vivir con seres dentro de una misma casa, en dónde sólo importa el corazón... (Pausa.) La desgracia se acerca, está ciudad debe librarse de las maldiciones que echó Edipo. Merecedor del reino tan sólo por responder una pregunta, una fácil pregunta, fácil respuesta. La pregunta de la esfinge... (Pausa.) No sólo tuvo el reino, sino que también a la reina, y a nosotras... (Pausa.) El muy cínico, para hacernos sufrir, repetía la adivinanza... (Emulando la voz de la esfinge.) ¨¿Cúal es el ser que: cuando es pequeño camina en cuatro patas, cuando es joven, en dos y cuando ya es viejo en tres? ¨ ¿Y nosotras? Nos rompíamos la cabeza pensando... El se reía... ¿Cómo caminamos? Deformadas. Estoy dejando la inocencia, y apenas puedo sostenerme con estas dos piernas, mis manos no podrán soportar un bastón cuando estas piernas se fatiguen del todo. Cuando era niña quería gatear, pero mis brazos, mis piernas eran vencidas, sólo me quedaba reptar, como si fuese una víbora, tratando de comer insectos en el polvo, cómo un gusano que comía polvo y estiércol. Él nos decía, sólo los héroes podemos derrotar a las malditas esfinges, algún día sabrán el secreto... Mamá. ¿Cuál es la respuesta? Toda está raza está viciada, es necesario que se extinga. Emborrachabas a Layo, y nosotras sufrimos las consecuencias.
Yocasta: - El reino debe llevar nuestro nombre. Nuestra sangre.
Ismena: - Creonte debe conducirnos.
Yocasta: - El ya es demasiado viejo para gobernar, es el momento de Etéocles y de Polínices.
Ismena: - ¿Polínices?
Yocasta: - ¿Dónde está?
Ismena: - Ejerciendo un poder que no le pertenece.
Yocasta: - Sí le pertenece, es hijo mío al igual que Etéocles, al igual que...
Ismena: - ¿Y nosotras?
Yocasta: - Él debe ser el rey.
Ismena: - Ya lo es, pero no acá, fue desterrado por Etéocles. ¿Dónde se vio que un reino se comparta por dos reyes? ¿Qué es acaso? ¿Ropa? ¿Una mujer? Hay cosas madre, que no pueden compartirse, a tu edad deberías saberlo. Un pueblo no puede seguir a más de una cabeza.
Yocasta: - Pero... ¿Qué es lo que está pasando en este país?
Ismena: - Hace ya varios días... mientras dormías, tirada un rincón, escondida en tu habitación, emborrachándote, y vomitando todo lo que los sirvientes te daban... (Pausa.) Es igual... Cuando se descubrió que Edipo era el culpable de la peste en Tebas, Creonte lo encarceló.
Yocasta: - ¿No pidió verme?
Ismena: - Lo hizo, pero creyendo que estabas muerta, se sacó los ojos, para que nosotros nos compadezcamos de él, fue inútil, desde aquel día, quedó encarcelado. Se le ha prohibido a todo ciudadano... ¿Escuchaste bien? Todo ciudadano le vea... ¿Está claro?
Yocasta: - ¿Quiénes te informaron?
Ismena: - Lo escuché de un coro de sucias mujeres, que después de decir todo, lírica y ordenadamente, se estremeció, rompieron filas y escaparon hacia los montes, en busca de placeres... Se acabaron las tergiversadas historias. Historiadoras emborrachadas. El pueblo las creía como ciertas.
Yocasta: - Esto es plan de Creonte.
Ismena: ¿Sospechas de tu hermano?
Yocasta: - Él es un vicioso.
Ismena: - Eso es de familia.
Yocasta: - ¿Quién es Creonte para ejercer en esta ciudad?
Ismena: - El sólo ordenó las cosas, le dio el reino a Etéocles.
Yocasta: - Debe compartirlo con su hermano.
Ismena: - Ahora no quieras ordenar las cosas. Cuando tuvimos que dejarte encerrada en esa torre, mientras estabas borracha y decir: La reina está indispuesta, no podrá atenderlos, tiene una dolencia... Él tuvo escrúpulos para sacarnos adelante, después de tanta inmoralidad.
Antígona: - ¡Mamá! ¿Sabes algo de Polínices?
Yocasta: - ¿Por qué me lo preguntas?
Antígona: - Lo extraño.
Ismena: - Se casó.
Antígona: - ¿Y tiene hijos?
Yocasta: - No lo sé.
Ismena: - Ahora es el rey de otra ciudad.
Yocasta: - (Comenzando a cortar sus cabellos, arrojándolos a la fuente) ¡Ay! ¿Por qué tengo que ser tan infeliz? Quiero dejar de ser mujer, para empezar a ser madre...
Antígona: - ¿No estás contenta? Seguro que está enamorado de aquella mujer.
Ismena: - El amor no existe. Quiso ser rey, sedujo a la princesa de otra ciudad para levantarse contra esta.
Yocasta: - (Girando, mostrándole el rostro ensangrentado a sus hijas.) Vean qué es ser madre, no sólo deformar tu cuerpo incubando seres que luego se matarán entre ellos, sino también, tener que soportar en carne propia, los enfrentamientos de sus hijos.
Antígona: - ¿Qué tiene tu rostro?
Ismena: - Estás loca, loca. ¿Qué es eso, un acto de amor?
Yocasta: - Ya no soporto está vida, quiero quitármela. ¿Dónde están las agujas que antes vaciaron mis ojos? ¿Cayeron al agua? (Busca en el agua.) Oxidadas, qué estén oxidadas, para que mi dolor sea más fuerte, para que mi sangre se derrame, hasta quedar seca del todo.
Antígona: - ¡Mamá! ¿Qué pasa?
Yocasta: - Aún no están enteradas de lo peor.
Antígona: - No lo hagas, por favor. Estoy dispuesta a ser tu báculo, ser tus ojos, hasta el día que el todopoderoso decida llevarte a su morada...
Yocasta: - Ya no merezco el perdón. Toda esta raza está maldita.
Ismena: - ¡Antígona, déjala! No tiene coraje para morir, jamás dará la vida por sus hijos. Ven conmigo, miremos la ciudad... Está loca, ahora quiere estar ciega, es mentira, no se cegó... La sangre que hay en sus ojos no es verdadera. Es mentira, quiere darnos lástima... No hagas caso.
Yocasta: - Esta ciudad volverá a nacer el día que esta raza se extinga.
Ismena: - Cállate, idiota. Basta de echar maldiciones, te pareces a ese... extranjero. No hace más que echar maldiciones a una ciudad que nunca le perteneció.
Yocasta: - Vendrá Polínices. Proclamado rey.
Antígona: - ¡Podré verlo, saludarlo, besarle los pies!
Ismena: - No adores a los extranjeros. Él vendrá a conquistar esta ciudad, Etéocles lo exilió. Ya no es nuestro hermano, ahora es el enemigo.
Antígona: - (Acercándose para ver la ciudad.) El cielo se está abriendo, las nubes cada vez están más rotas, ahora veo mejor la ciudad, está vacía, no hay por qué temer. El sol hace brillar más los dorados templos. Los mármoles lucen cada vez más. La fuente tiene agua, el agua es limpia. (Mira la fuente que hay en la escena.) ¡Tiene sangre! Pelos y ramas. La de abajo no. El agua es pura. (Pausa.) No llegarán a pelear, son hermanos y entre ellos hablarán, no habrá guerra. Puedo verlo, la fuente lo dice. Es una señal...
Ismena: - ¿Qué señal? Esa fuente está limpia, porque los locos no tiran cosas allá, sino acá...
(Comienza a escucharse un ruido monótono, a lo lejos, como de gritos, de caballos.)
Ismena: - Las paredes de esta ciudad no serán vulneradas, porque son fuertes, el espanto de la guerra quedará a las afueras, está ciudad no será destruida por ningún ejército.
Antígona: - ¡Mamá! El polvo se está levantando a las afueras. En las ciudades vecinas, los hombres deben estar saludando a sus esposas, a sus hijos.
Ismena: - Ya no estarán más juntos, por su patria han de morir.
Antígona: - Los hijos, les obsequian a los padres, cositas para que en su ausencia ellos recuerden a sus hijos. Cuelgan el presente de sus carros.
Ismena: - Las mujeres y los viejos, cobardes, se excusan en su debilidad, para no defender su patria.
Antígona: - A un toro han matado. Toro sacrificado en lo alto de una columna. No harán la guerra, es parte del ritual de la primavera.
Ismena: - El toro es desollado vivo sobre un escudo, es el bautismo de las armas, para matar, metal y sangre. Beben la sangre del toro.
Antígona: - Un enorme furor, los caballos relinchan, sus cascos levantan polvo, agujerean el barro, afilan lanzas, toman piedras del suelo, relucen las espadas y los escudos, las lanzas están desnudas. No puede ser. ¡Cambien la sangre por el vino! Adoremos a Dionisio.
Ismena: - Las lanzas están desnudas, para vestirse con el color de la sangre.
Yocasta: - ¿Qué es esa música? ¿Tambores, flautas?
Antígona: - ¡No! (Pausa.) (Afligida.) Es el galopear de los cascos, el sonido de los gritos, la espuma blanca salpicando los campos, desprendidas en gotas de los caballos.
Ismena: - Honores para los hombres.
Antígona: - Honores por asolar, por devastar las ciudades.
Yocasta: - ¿Y sus esposas?
Ismena: - Se despiden.
Antígona: - Quedarán condenadas a la espera, a la incertidumbre.
Yocasta: - ¡Quedarán sin maridos, sin hijos, quedarán secas, sus cuerpos ya no serán fertilizados, porque los viejos que quedaron están secos por dentro. No habrá más jóvenes, mujeres que serán esclavas de otros hombres, deberán entregarse a otras costumbres, a otros olores. Seres extraños durante el día y la noche.
Ismena: - Ya están apostados en las siete puertas de esta ciudad.
Yocasta: - ¿Y los ciudadanos de Tebas?
Antígona: - Están en sus casas. Las calles permanecen vacías. En la ciudad reina el silencio.
Ismena: - ¡Deben salir de sus casas! Devastar a los ejércitos enemigos. Tienen que salir a matar, defender esta fortaleza, o morir, empapando con su sangre estos campos.
Yocasta: - ¿Quiénes están en las puertas?
Antígona: - En una están preparados con aceite y agua hirviendo.
Ismena: - Braman de furor frente a esa puerta, ansiosos de pelear, gritan como serpientes al mediodía, vocean, llamando a combate.
Antígona: - ¡Hay un fogoso corcel! Quiere lanzarse en batalla. ¿Quién será capaz de hacerle frente?
Ismena: - No puede asustarnos, sólo está lleno de adornos, y los adornos no hacen heridas... El que combata con él será de muy generosa sangre, honrada del trono del honor, quien jamás conoció la cobardía.
Yocasta: - ¿Quién en la segunda?
Antígona: - ¡Llevan fuego!
Ismena: - Su arrogancia no razona a lo humano, él quiere destruir la ciudad, incendiándola, pero nosotros tenemos el fuego mayor, está es la tierra del sol, y sus rayos lo quemarán antes que él levante su mano contra esta ciudad.
Yocasta: - ¿Quién en la tercera?
Antígona: - ¡Llevan piedras!
Ismena: - ¿Creen que somos palomas indefensas? ¿Qué pueden tirarnos piedras y matarnos, o herirnos y dejarnos tontas? No, nuestra magnificencia es como el águila, en donde a su vuelo no llegan las piedras, y nuestras alas son más fuertes que la del águila, porque son de metal. Herradas con el metal sagrado.
Yocasta: - ¿Quién en la cuarta?
Antígona: - ¡Llevan pólvora, mucha pólvora!
Ismena: - El sol está de nuestro lado, hará secar los mares. Arrojará lluvia sobre la pólvora, seremos protegidos por el agua, nada nos pasará, porque estamos del lado de la justicia.
Yocasta: - ¿Quién en la quinta?
Antígona: - ¡Llevan lanzas y espadas!
Ismena: - ¡No podrán clavarlas en nuestros pechos! Sus armas no están fabricadas para vencer, sino para justificar la derrota.
Yocasta: - ¿Quién en la sexta?
Antígona: - ¡Llevan tinajas, ánforas, llenas de pestes, bacterias, enfermedades!
Ismena: - Esta ciudad sufrió la peste más peligrosa que haya podido existir. Estamos inmunizados. De nada sirve. Cuando uno posee la verdad, su salud es la justicia, la peste nos carcomió, porque quien reinaba no era verdadero, su poder no era verdadero, su sangre, era extranjera... Ningún enemigo podrá ya contagiarnos, la sangre que nos gobierna es real, e inmune a cualquier injusta enfermedad... El remedio de la peste, ahora está encarcelado...
Yocasta: - ¿Quién en la séptima?
Antígona: - ¡Allá está mi hermano!
Ismena: - Allá está el traidor.
Antígona: - Tal cuál lo dejé está Polínices.
Ismena: - En nada se parece al que jugaba con nosotras en el sótano del palacio. (Pausa.) Ahora, allá está... el rostro de la traición, se parece al que nos hizo pasar la infancia recluidas, privadas de ver la cara de nuestro propio pueblo. (Pausa.) Su rostro lleva el odio a esta ciudad. El rostro de odio, es igual al rostro de Edipo. (Pausa.) No entres. Acá sólo podemos darte muerte. (Se queda atemorizada al descubrir el rostro de Polínices, se va hacia el otro costado. Cae abatida al suelo.)
Antígona: ¡Guarda tu espada! No es necesario llevarla desnuda para entrar a tu ciudad.
Yocasta: ¿Cómo lleva el rostro? ¿Es de niño? ¿Es de hombre? (Gritando) ¡Acércate! Echa tus brazos alrededor de mi cuerpo, te ofrezco mi pecho maternal a tus mejillas y deja que tus oscuros y rizados pelos den sombra a mi cuello.
Antígona: - Miedo hay en sus ojos.
Ismena: - En... esta patria es enemigo, no es mi hermano, su rostro... ¿Por qué? (Mira a Yocasta.)
Antígona: - Mira para todas partes, él va solo por las calles, teme morir a traición.
Ismena: - (Volviendo a mirar hacia abajo.) Ahí va Etéocles. (Fascinada.) Tienes que defender la soberanía, tu derecho divino.
Antígona: - ¡Quieren reconciliarse! ¡Mamá, nuestras desdichas están por terminar!
Ismena: - ¡ No cabe reconciliación armado como está! No creas que los discursos todo lo vencen. El hierro, sólo vence a otro hierro, las palabras, sólo son vencidas con otras palabras. ¡No cedas tu reino!
Yocasta: - ¡Etéocles! Adora la igualdad. Entre los mortales es el origen de las medidas y de los pesos, por eso se inventaron los números. La oscura noche y la luz del sol dividen el año en partes iguales, ninguno usurpa lo que al otro corresponde. Debes partir en partes iguales este palacio y dejar a tu hermano la mitad que le corresponde.
Ismena: - No pierdas tiempo, mamá. No te escucha. ¿De qué sol hablas? Todo el invierno lo pasamos a oscuras. (Pausa.) (Gritando hacia abajo.) ¡No pierdas tiempo Etéocles! No hay transacción posible.
Antígona: - Se van, en direcciones opuestas... (Llevando las manos a la cara.) Dijeron a dúo: Sembraré los campos de cadáveres." Ninguno escuchó al otro.
Yocasta: - ¿Cómo están las calles ahora?
Antígona: - Vacías, todas desiertas, nadie. Polvo, sólo polvo. La fuente está sola.
Ismena: - ¡Etéocles, si realmente velas por esta ciudad, debes llamar a tus fieles para defenderla! ¨¡Láncense a las entradas de las torres. Corran armados, de todas las armas. Manténganse firmes en las plataformas, no tiemblen frente a los extranjeros.(Pausa.) La palabra muerte sale de las bocas de los enemigos. Imploro al pueblo. ¡Maten a esos enemigos! Sedientos como lobos, sedientos de nuestra carne inocente.
Antígona: - Ya salen de sus casas, armados, por todas las calles. Rompieron las puertas.
Ismena: - Me aturde el estruendoso rodar de los carros, las ruedas rechinan pesadamente, los ejes oprimidos. El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas, una granizada de piedras viene sobre las torres. Nuestras puertas son golpeadas por el cobre de los escudos. Cuánto quisiera dejar de ser mujer, y defender esta tierra con el coraje de un hombre. ¿Por qué somos un animal doméstico? Un elemento decorativo y perturbador de la naturaleza. ¿Por qué nuestro género no tiene el valor de defender esta tierra? Ni dar la vida por ella, no, no, mientras tanto nos disolvemos en lágrimas por temor a morir, valientemente. Somos capaces de entregar nuestro cuerpo a manos enemigas, y dejarnos esclavizar. ¿Somos seres de corazón putrefacto? ¿Capaces de compartir el lecho con el enemigo? (Pausa.) Oh, rey, oh, hermano mío, dicta sentencia de muerte a la mujer que no defienda la ciudad... (Pausa.) No, a nosotras nos corresponde callar, y estar dentro de casa. No intervenir en las decisiones de los hombres.
Antígona: - Por lanza de un hombre muere otro hombre... Los recién nacidos mueren ensangrentando con su propia sangre el pecho materno que los sustenta.
Ismena: - La tierra pide más sangre, y el que no quiere ser sacrificado será un traidor para esta patria. (Pausa.) Ahí va Hemón, debe exhalar su alma para salvar esta ciudad. Debemos sacrificar a un inocente, la sangre del inocente nos salvará de la guerra.
Antígona: - ¡Oh, amado mío! ¿Por qué subes a esa torre?
Ismena: - Debe salvar su patria. Cuando esto termine, levantarán una estatua a su nombre, a su honor... ¡Hazlo Hemón! Atraviésate el pecho con la reluciente espada. (Pausa.)
Antígona: - No, baja de esa torre, escóndete tras los muros... No... (Pausa.) ¿Por qué esa espada atraviesa tu carne, antes que mis uñas se claven en tu espalda? Antes de acariciarte. Hemón, me dejas viuda antes de ser tu esposa. Me dejas sola, en este mundo con un hijo, que jamás verá la luz. (Saca el muñeco de entre sus vestidos, se dirige solemnemente hasta la fuente, lo arroja.) Muerto tu padre, muerta tu madre...
Ismena: - No hagas el ridículo, no es un niño, es un muñeco. Esa cosa siempre estuvo muerta... Feliz deberías estar, orgullosa de la valentía, del heroísmo de tu novio. Te darán una medalla, para que lo recuerdes por siempre... Tienes que guardar tu cuerpo y tu corazón, que ninguno los use, era para Hemón... Ahora, no es momento de llorar por los muertos. No eres la primera mujer que pierde un hombre... (La conduce de nuevo hasta los balcones.)
Antígona: - (Aturdida.) ¡Gritan!
Ismena: - ¡Aúllan!
Antígona: - (Abriendo su boca) ¡Quejidos!
Ismena: - ¿Gemidos?
Antígona: - Levantan polvo. Dejo de verte Hemón...
Ismena: - ¡El ejército enemigo avanza, brillan sus escudos, asaltan la ciudad, comienzan a incendiarla!
Antígona: - Tu cuerpo, se cubre de polvo... y entre el polvo veo que pelean con arcos y dardos.
Ismena: - Decapitan a un prisionero.
Antígona: - Lo empalan en lo alto de una estaca.
Ismena: - Muchos de los nuestros caen desde la muralla y riegan la seca tierra con ríos de sangre. Mueren, caen los carros, saltan las ruedas, los ejes se amontonan sobre los ejes y los cadáveres sobre cadáveres.
Antígona: - La guerra está derribando las estatuas, arrancan los cimientos de albañilería.
Ismena: - Algunos toman víctimas por las cabezas, las degüellan, y desollan. Cortan sus muslos, prueban sus entrañas... Ya no distingo lo uno de lo otro, ni al amigo, ni al enemigo.
Antígona: - Algunos mutilados.
Ismena: - Sin orejas.
Antígona: - Sin nariz.
Ismena: - Sin labios.
Yocasta: - ¿Mutilados? (Yocasta ya está pelada. Mueve la cabeza sin sentido.) Ya no podrás acariciar mis cabellos, hijo mío. Ni ponerme de espaldas, usar mis cabellos como riendas, en la cabalgata de la noche... Ni tus jadeos, de corcel salvaje... Ni nada, renuncio a tu cuerpo, renuncio a..
Antígona: - Sin lengua.
Ismena: - Sin pechos.
Antígona: - Tumulto guerrero de hombres y caballos. ¿Cuál será el resultado de la contienda?
Yocasta: - Ahora, sólo... ¡Ciudades destruidas, cantos de duelos, voces lejanas y lamentaciones! Canto fúnebre, expresiones de dolor. Ofrendas funerarias. Lo que queda de un guerrero cabe con holgura en un vaso, urnas llenas de cenizas en lugar de hombres.
Antígona: - Degollados sobre el suelo.
Ismena: - Acribillan.
Antígona: - Matan.
Ismena: - Degüellan.
Yocasta: - Decapitan.
Antígona: - Mueren.
Ismena: - Invaden.
Yocasta: - Violan.
Antígona: - Someten.
Ismena: - Empalan.
Yocasta: - Desollan.
Antígona: - Apuñalan.
Ismena: - Atraviesan.
Yocasta: - Asesinan.
Antígona: - Golpean.
Ismena: - Torturan.
Yocasta: - Arrasan.
Antígona: - Asolan.
Ismena: - Ahorcan.
Yocasta: - Delinquen.
Antígona: - Lloran.
Ismena: - Derraman.
Yocasta: - Acuchillan.
Antígona: - Azotan.
Ismena: - Amarran.
Yocasta: - Destrozan.
Antígona: - Sacrifican.
Ismena: - Sufren.
Yocasta: - Clavan.
Antígona: - Ahogan.
Ismena: - Escupen.
Yocasta: - Insultan.
Antígona: - Sofocan.
Ismena: - Abandonan.
Yocasta: - Envilecen.
Antígona: - Aniquilan.
Ismena: - Aborrecen.
Yocasta: - Oprimen.
Antígona: - (Después de una pausa larga.) Madre, la guerra ha terminado.
Ismena: - Sólo es una tregua. (Pausa.) Ahí van los dos...
Antígona: - ¡Ahí nuestros hermanos!
Yocasta: - ¡No, no pueden enfrentarse! Quiero ir hasta ellos. La historia está mutilada.
Ismena: - Es tarde para que te conviertas en héroe.
Yocasta: - Quiero ir al campo de batalla. (Pausa.) ¿Dónde está la salida?
Ismena: - Me prohibieron que te pierda de vista.
Yocasta: - (Quebrándose.) Todo es una mentira. Los que van a matarse son hijos de Edipo, no de Layo.
Ismena: - (Pegándole a Yocasta.) No seas puta. ¿Qué historia vas a inventar? ¿Que no son mis hermanos? ¿Etéocles no es mi hermano? Te prohibo que insinúes que soy... (Pausa.) ¿Hija? (Se aterroriza.)
Yocasta: - Layo, no es el padre de ustedes... (Pausa.) ¡Déjenme salir! (Pausa.) Al ver que los cuerpos de nuestros hijos se deformaban a medida que nacían, fuimos encerrándolos en el sótano. Nadie debía ver que los hijos que nacían de la viuda reina y de Edipo no eran buenos. Creíamos que los dioses no estaban de nuestro lado, y por eso intercedían, para que nuestra unión no de buenos frutos. Intentamos matarlos a medida que iban naciendo, no tuvimos valor. Los ocultamos, pero ya era imposible sostener la mentira. La peste asoló esta ciudad, Edipo fue a consultar el oráculo, así nos enteramos que él había sido el asesino de su propio padre, y había fecundado el mismo nido que lo engendró. ¡Esta es la verdad, son hijas de su hermano, soy la esposa de mi hijo! Nuestros ojos tienen la culpa, no pudieron distinguir al hijo o a la madre Nos amamos, nunca un hombre me amó y yo, le deseé tanto como a él. Él, más que un hijo, es mi hombre. (Pausa.) ¿Cómo vería el pueblo que los herederos del trono son deformes? ¿Qué la sangre real está contaminada? Inventamos, porque al muerto se le pueden echar todas las culpas, no se levantaría de su tumba para rebatir ningún argumento. Al pueblo le dijimos que eran hijos de Layo, deformados por su constante borrachera. El pueblo lo creyó, por eso Edipo se cegó, por eso nos cegamos, sólo queremos morir juntos, que nuestro cuerpo decida como tratarnos, como esposos, o como madre e hijo...
(Suena la trompeta.)
Yocasta: - Tengo que ir con ellos.
Antígona: - Mamá. Estoy quedando sola.
Ismena: - Déjala.
(Yocasta sale conducida por Ismena.)
Antígona: - No entiendo nada de lo que pasa.
Ismena: - Yo creo intuirlo.
(Vuelven a mirar hacia abajo.)
Antígona: - Ellos pelean como jabalíes, que aguzan sus crueles colmillos, despiden relámpagos de sus ojos.
Ismena: - Los revolean en todos sentidos.
Antígona: - Pelean con sus lanzas.
Ismena: - Se miran a los ojos por encima de sus escudos.
Antígona: - Etéocles tropezó con una piedra.
Ismena: - Está ensayado, es una estrategia.
Antígona: - Ofrece su cuerpo como blanco. (Pausa.) ¡Polínices!
Ismena: - ¡Traidor!
Antígona: - Le atravesó la pierna con un asta.
Ismena: - Etéocles, clávale la espada en el hombro.
Antígona: - Su espada se rompió, está desarmado.
Ismena: - Tírale una piedra
Antígona: - Ahora son iguales en la lucha.
Ismena: - Si lo empujas al suelo, morirá clavado con su propia espada.
Antígona: - La hunde en el vientre.
Ismena: - Se la clavó hasta las costillas.
Antígona: - ¡Polínices, no! (Pausa.) Se la clavó en el hígado de Etéocles. Los dos ahora muerden el polvo, agonizantes. (Pausa.) ¡Mamá!
Ismena: - (Sorprendida.) ¿Qué hace?
Antígona: - Trata de socorrerlos.
Ismena: - No puede abrazar a uno y a otro. (Pausa.) Ese debe morir solo y sin quejidos de dolor, no merece ser llorado, es Etéocles el merecedor de socorro.
Antígona: - La sangre ha cesado, mamá deja de llorar sangre para llorar lágrimas por sus hijos.
Ismena: - Los dos exhalan sus almas al mismo tiempo.
(Se escucha un grito de Yocasta.)
Antígona: - ¡Mamá!
Ismena: - Con un acero se atraviesa el cuello.
Antígona: - Ambos ejércitos abandonan el campo, dejan sus escudos.
Ismena: - Ganamos la batalla, Etéocles mató al enemigo.
Antígona: - Sólo quedan cadáveres. La tierra ha bebido la sangre que derramaron el uno por el otro.
Ismena: - Las maldiciones han terminado, todo está cumplido.
(Ambas comienzan a cortarse el pelo, libándolo a la fuente.)
Antígona: - Herida que los atravesó, parte a parte.
Ismena: - Los gemidos invaden la ciudad, gime este suelo que amaba a este joven rey.
Antígona: - Diste y recibiste muerte.
Ismena: - Has muerto matando.
Antígona: - A hierro moriste.
Ismena: - A hierro mataste.
Antígona: - ¡Cuántas miserias procuraste!
Ismena: - ¡Cuántas miserias padeciste!
Antígona: - ¡Qué salgan los gemidos!
Ismena: - ¡Qué salgan las lágrimas!
Antígona: - ¡Ay!
Ismena: - ¡Ay!
Antígona: - ¡El dolor enajena mi mente!
Ismena: - ¡Mi corazón está angustiado!
Antígona: - Mísera raza.
Ismena: ¿Por qué tan maldita?
(Las dos están peladas, se mirán, lloran abrazadas y desesperadas. Ríen. La carcajada se transforma en histeria.)
Ambas: - ¡Cómo recién nacidas!
Antígona: - (Después de una pausa. Se dirige hasta el balcón.) Te sepultaré en esta ciudad, un pedazo de tierra será tuyo y otro de tu hermano. Te lavaré con mis lágrimas, enterraré mi corazón junto a tu cuerpo. Mis uñas incrustarán la tierra que te dará sepultura. Abriré la tierra con mis manos, las reservaba para acariciarte Hemón, pero... Ahora... ¿Qué me queda? Han muerto mis hermanos, a muerto también el hombre que amaba.
Ismena: - Me tienes a mi... Tenemos... ¿Un padre? Un reino.
Antígona: - Enterraré a mis hermanos, murieron por este suelo... No será difícil escarbar la tierra, está húmeda gracias a la sangre que cayó en el campo. No necesito herramienta.
Ismena: - No, el cuerpo de Polínicies debe ser arrojado fuera de los límites de esta ciudad, vino con otros enemigos para arruinar esta patria, quién lo cubra con tierra de este suelo, pagará con la vida ese delito.
Antígona: - ¿Por qué debemos condenar a un muerto inofensivo?
Ismena: - Esa es la ley, decretada por Etéocles, y será ejecutada por Creonte.
Antígona: - Está escrita con morbo, como toda ley escrita por los gobernantes. (Pausa.) No es justo abandonar el cadáver de Polínices. No tuve valor para impedir la muerte de Hemón, ni la muerte de mi hermano...
Ismena: - Ha sido enemigo de su patria, no podemos honrar al muerto.
Antígona: - Lo sepultaré aunque lo prohiba la ciudad.
Ismena: - Te sepultaras con él y las aves de rapiñas llevarán mejor premio. El que se atreva a hacer algo que está prohibido se expone a morir lapidado por el pueblo.
Antígona: - (Asomándose nuevamente.) Ahí va... no puedo gritarle, no me salen palabras.
Ismena: - ¿Quién lo ha dejado libre?
Antígona: - Nunca estuvo libre, siempre estuvo apresado por su destino... dejó de ser un fugitivo, un extraño de nuestra sangre. ¿Adónde iría? Escapa de esta ciudad, dando vueltas en círculos tropezando en el camino, cayendo en tierra, levantándose nuevamente, con el cuerpo cansado, sus pies desnudos y abatidos. No podrás sentarte ya en ningún sitio sagrado. Tu padre te llama. Layo debe estar fuera de sí, escarbando en tus órbitas vacías, ¿Acaso ves a tu padre? Es terrible la oscuridad. Estar muerto en vida, con tu ceguera... Las voces de los muertos... Papá, en esa fuente no hay peñascos sino muertos. (Pausa.) Edipo, se sacude entre los cuerpos de sus hijos y de su esposa madre, cree morir lejos de su patria. Se revuelca, cree nadar en el mar, ir hacia otras costas, retorciéndose. Su cuerpo se hincha... deja de moverse, flota en la fuente... No llegaré hasta allí, no podré ser su báculo. ¿Estará encontrándose con nuestra madre? ¿Con sus hijos, con? ¡Hemón! Está con ellos... Tengo que reunirme... El día avanza, encontrarnos está noche junto a la fuente, escaparnos juntos, nada nos importará... (Pausa.) Reuniré a mi familia más allá de la muerte, como en un sueño, la muerte es la hermana del sueño. Mayor es el tiempo que debo complacer a los muertos que a los vivos. Amada entonces descansaré con los seres amados. Enterraré todos los cuerpos. Hemón, en la larga noche de la muerte, nos amaremos porque allí nunca amanece, seré la madre más feliz de toda la muerte. Desde está noche, seré tu esposa Hemón. (Se va.)
Ismena: - ¡Antígona! No hagas locuras... Nos queda la ciudad, no podemos irnos... (Mira hacia abajo.) No puedo aceptarlo, toda mi vida lo odié. Toda la vida, ocultándome a la luz de todos. Ahora mi padre, y mi hermano. ¿Por qué perdemos la razón, tan fácilmente? Soñé con él, escapándose del lecho de mi madre, para entrar al mío. La odiaba. Era feliz con un hombre valiente y más joven que ella, resultó ser su hijo... ¡Qué infeliz fuiste, madre! ¡Qué infeliz soy! El protagonista de mis sueños más hermosos, mi padre! Amado con mi silencio, odiado con mis palabras. (Pausa.) Mi reino maltratado, mi ciudad está desecha... Mi familia... (Va hasta la fuente, toma las agujas, intenta llevársela a los ojos.) No me atrevo. (Pausa.) Mi padre... mi madre... mis hermanos... Al menos... Todo terminó, ya no habrá más miserias. ¿Cómo puedo aceptar? (La luz cada vez se hace más intensa.) El sol está saliendo, mi cuerpo... (Pausa.) ¿Qué debo hacer? Soy la única heredera de la raza perversa, una princesa que velaba por la verdad, no soy otra cosa que la heredera de la mentira, la princesa de la mentira... (Mira hacia abajo. Pone un pie fuera del balcón.) No, no me atrevo... No, puedo decidir por mi misma... (Pausa.) Antígona... decidida a que la juzguen, la sentencien a muerte, encontrarse con su familia... O quién sabe con qué... (Pausa.) No soporto tantos crímenes, si quedo sola... ¿me echarán culpas? ¿De qué? ¡Antígona! No me abandones... A mí nadie me espera en ningún lado, seré aborrecida por todos... Acá... Allá... (Pausa.) ¡Cuándo te juzguen, di que yo te ayudé a enterrarlos!
(La luz se hace más intensa. Ismena queda sola en escena, mirando hacia abajo.)
Fin.